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INDICACIONES PARA LA CELEBRACIÓN DE VÍSPERAS

La procesión entra en silencio. El orden de la procesión es el siguiente: el acólito que lleva la cruz en medio de dos acólitos que llevan candeleros con cirios encendidos; luego el presbiterio o el diácono que preside la celebración. Al entrar al presbiterio, el presidente hará profunda reverencia al altar. Pero si el Santísimo Sacramento se conserva en el presbiterio, hacen genuflexión (cfr. Ceremonial de Obispos n. 195). Enseguida de pie ante el altar le acercan una vela y tomando la luz del cirio pascual, el cual debe estar encendido antes de que inicie la procesión, y tomando la luz de éste enciende las velas del altar; en este momento se encienden también las luces del presbiterio. Luego, dirigiéndose al pebetero que estará ya colocado delante del altar con carbón encendido se acercará a él y le pondrá el incienso, en ese momento se inicia la recitación o el canto del himno del lucernario. El que preside estará de frente hacia el altar.

Terminado el himno de lucernario (que puede ser también un canto pascual), el que preside pasa a la sede e inicia como de costumbre la celebración de las Vísperas con la invocación: “Dios mío, ven en mi auxilio”, etc. Será muy conveniente que el que preside cante en las partes indicadas de la celebración.

El presbítero o el diácono que preside puede llevar la estola sobre el alba o el sobrepelliz, e incluso la capa pluvial, en el caso del presbítero (cfr. OGLH 255).

Otras indicaciones. Pertenece al sacerdote o diácono que preside, desde su sede, el dar comienzo al Oficio con la invocación inicial, invitar a recitar el Padrenuestro, decir la oración conclusiva, saludar al pueblo, bendecirlo y despedirlo (cfr. OLGH 256).

Se debe tener presente que: mientras se profiere el cántico evangélico en la Laudes matutinas y en las Vísperas, se puede incesar el altar y, a continuación, también al sacerdote y al pueblo, además, todos harán la señal de la cruz, desde la frente hasta el pecho y desde el hombro izquierdo al derecho: a) al comienzo de las Horas, cuando se dice: “Dios mío, ven en mi auxilio”; d) y al comienzo de los cánticos evangélicos de Laudes, Vísperas y Completas (cfr. OGLH 261; 266).


DOMINGO DE PASCUA

II Vísperas


Lucernario

Aleluya, Aleluya, Aleluya.

R. Oh luz a mis ojos, dulce Señor,
defensa de mis días.

Aleluya, Aleluya, Aleluya.


V. Dios mío ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre. Como era. Aleluya.

HIMNO

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.


SALMODIA

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 109, 1-5. 7
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE
En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fueres, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección.”
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia. El propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22, 44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2, 34-35; Rm 8, 34; etcétera); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: “Haré de tus enemigos –la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies.” “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos –que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1P 1, 3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
"siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies".

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora".

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
"Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec".

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso y eterno, que has glorificado a tu Hijo Jesucristo sentándolo a tu derecha y destruyendo el poder de sus enemigos, haz que el poder de su cetro se extienda hasta los confines de la tierra y que la victoria de tu Hijo alcance a todos los pueblos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 113 A

Acabamos de meditar el salmo 109, que nos ha hecho contemplar el triunfo del Mesías, el Primogénito entre muchos hermanos, a quien el Padre ha prometido “hacer de sus enemigos estrado de sus pies” (v. 1). Ahora el salmo 113 nos hará contemplar al pueblo que, también triunfante, sigue a Cristo, caminando hacia la libertad definitiva: el nuevo Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente.
Para la comunidad cristiana este salmo es, sobre todo en el domingo, una evocación de su propia peregrinación, triunfante por lo menos en la esperanza. Como Israel se sintió acompañado por Dios durante los años del desierto –Judá fue el santuario de Dios, Israel su dominio-, así también el pueblo cristiano se ve acompañado por la fuerza de Cristo y de su misterio pascual en su caminar por ese mundo.
Que este salmo nos invite, pues, a la contemplación de la victoria de Cristo participada por la Iglesia. Cuando Israel salió de Egipto, en presencia del Señor se estremeció la tierra; cuando el nuevo pueblo de Dios, siguiendo a Cristo, camina hacia la libertad definitiva, también las peñas duras de las dificultades se transforman en manantiales de agua abundante, y así con paso firme y seguro, contemplando como el mar huye y los montes saltan como carneros –es decir, como se allanan todas las dificultades-, el nuevo pueblo de Dios camina hacia la tierra de la vida.

Ant. 2. Venid y ved el lugar donde habían puesto al Señor. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Ya vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos.

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso, que nos has arrancado del Egipto del pecado y nos has hecho hacer de nuevo por el agua y el Espíritu Santo, convirtiéndonos en raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada y pueblo adquirido por ti, concede a todos los que hemos sido llamados a salir de la tiniebla y a entrar en tu luz maravillosa a proclamar tus hazañas en esta vida y cantar tus alabanzas con todos los elegidos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. Venid y ved el lugar donde habían puesto al Señor. Aleluya.

MONICIÓN AL CÁNTICO

Ap 19, 1-7

El cántico con el que terminamos hoy la salmodia dominical es una aclamación a Cristo, Señor victorioso, muy parecida por su estilo a las que, en la antigüedad, se entonaban en honor del emperador. En el Apocalipsis, estas aclamaciones forman parte de la contemplación profética del hundimiento de la nueva Babilonia, la gran Roma perseguidora de los mártires y figura del mal, y de la victoria del cordero vencedor.
Nosotros, desterrados también y lejos del reino, celebramos, cada domingo, el triunfo de la humanidad, inaugurado por la resurrección de Jesucristo, y nos sentimos incorporados en ese mismo triunfo y partícipes de él, como la esposa asociada a la gloria de su esposo.
Este cántico nos hace participar también, ya en esta vida, de aquella adoración en espíritu y en verdad, de la que viviremos eternamente; y de la cual el domingo es como un anuncio y pregustación.

Ant. 3. Dijo Jesús: “No temáis. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán.”

Cántico

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios.
(R. Aleluya.)
Porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos.
(R. Aleluya.)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya.)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero.
(R. Aleluya.)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

ORACIÓN SÁLMICA
Te glorificamos, Señor Jesucristo, Dios nuestro y Dueño de todo, y te damos gracias porque con tu victoria pascual has embellecido a tu Esposa, la Iglesia; haz que sepamos alegrarnos siempre en tu triunfo y que un día lo contemplemos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. Dijo Jesús: “No temáis. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán.”

LECTURA BREVE Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta “hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies”. Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

Ant. La tarde de aquel mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se hallaban los discípulos, se presentó Jesús; y en presencia de todos exclamó: “La paz sea con vosotros.” Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por los hombres, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, Rey victorioso, escucha nuestra oración.

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
derrama el fuego del Espíritu santo sobre los que
has querido fueran testigos de tu resurrección en
el mundo.

Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías
de su esperanza
y la tierra toda se llene del conocimiento de tu
gloria.

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
y haz que juntamente con todos nuestros hermanos
obtengamos el premio y el descanso de nuestros
trabajos.

Tú que has vencido a la muerte, nuestro enemigo,
destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
para que vivamos siempre para ti, vencedor inmortal.


Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Cristo Salvador, tú que te hiciste obediente hasta la
muerte y has sido elevado a la derecha del Padre,
recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos
difuntos.

Unamos nuestra oración a la de Jesús, nuestro abogado ante el Padre, y digamos como él nos enseñó: Padre nuestro.

Oración

Dios nuestro, que en este día nos abriste las puertas de la vida por medio de tu Hijo, vencedor de la muerte, concédenos a todos los que celebramos su gloriosa resurrección que, por la nueva que tu Espíritu nos comunica, lleguemos también nosotros a resucitar a la luz de la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

DOMINGO II DE PASCUA


Lucernario

R. ¡Gloria, alabanza y honor al Señor resucitado,
luz de todas las naciones!

Te damos gracias, Señor,
por tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor.
Por medio del cual nos has iluminado
Revelándonos tu luz incorruptible.

R. ¡Gloria, alabanza y honor al Señor resucitado,
luz de todas las naciones!

Hemos vivido un día completo
y llegado al inicio de la noche,
contentos por la luz de día,
que tú has creado para nuestra satisfacción,
que no nos falte por tu gracia
la luz de la tarde.

R. ¡Gloria, alabanza y honor al Señor resucitado,
luz de todas las naciones!

Te alabamos y te glorificamos
por tu Hijo Jesucristo, nuestro Señor,
por el cual a ti la gloria, la potencia y el honor
con el Espíritu Santo,
ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.

R. ¡Gloria, alabanza y honor al Señor resucitado,
luz de todas las naciones!

II Vísperas

V. Dios mío ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre. Como era. Aleluya.

HIMNO

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

Salmo 109, 1-5. 7
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

MONICIÓN SÁLMICA

En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fueres, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección.”
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia. El propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22, 44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2, 34-35; Rm 8, 34; etcétera); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: “Haré de tus enemigos –la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies.” “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos –que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1P 1, 3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Ant. 1. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
"siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies".

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora".

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
"Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec".

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso y eterno, que has glorificado a tu Hijo Jesucristo sentándolo a tu derecha y destruyendo el poder de sus enemigos, haz que el poder de su cetro se extienda hasta los confines de la tierra y que la victoria de tu Hijo alcance a todos los pueblos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ant. María Magdalena y la otra María fueron a ver el sepulcro. Aleluya.

MONICIÓN SÁLMICA

Sal 113 A

Acabamos de meditar el salmo 109, que nos ha hecho contemplar el triunfo del Mesías, el Primogénito entre muchos hermanos, a quien el Padre ha prometido “hacer de sus enemigos estrado de sus pies” (v. 1). Ahora el salmo 113 nos hará contemplar al pueblo que, también triunfante, sigue a Cristo, caminando hacia la libertad definitiva: el nuevo Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente.
Para la comunidad cristiana este salmo es, sobre todo en el domingo, una evocación de su propia peregrinación, triunfante por lo menos en la esperanza. Como Israel se sintió acompañado por Dios durante los años del desierto –Judá fue el santuario de Dios, Israel su dominio-, así también el pueblo cristiano se ve acompañado por la fuerza de Cristo y de su misterio pascual en su caminar por ese mundo.
Que este salmo nos invite, pues, a la contemplación de la victoria de Cristo participada por la Iglesia. Cuando Israel salió de Egipto, en presencia del Señor se estremeció la tierra; cuando el nuevo pueblo de Dios, siguiendo a Cristo, camina hacia la libertad definitiva, también las peñas duras de las dificultades se transforman en manantiales de agua abundante, y así con paso firme y seguro, contemplando como el mar huye y los montes saltan como carneros –es decir, como se allanan todas las dificultades-, el nuevo pueblo de Dios camina hacia la tierra de la vida.

Ant. 2. Venid y ved el lugar donde habían puesto al Señor. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Ya vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos.

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso, que nos has arrancado del Egipto del pecado y nos has hecho hacer de nuevo por el agua y el Espíritu Santo, convirtiéndonos en raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada y pueblo adquirido por ti, concede a todos los que hemos sido llamados a salir de la tiniebla y a entrar en tu luz maravillosa a proclamar tus hazañas en esta vida y cantar tus alabanzas con todos los elegidos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. Venid y ved el lugar donde habían puesto al Señor. Aleluya.

MONICIÓN AL CÁNTICO

Ap 19, 1-7
El cántico con el que terminamos hoy la salmodia dominical es una aclamación a Cristo, Señor victorioso, muy parecida por su estilo a las que, en la antigüedad, se entonaban en honor del emperador. En el Apocalipsis, estas aclamaciones forman parte de la contemplación profética del hundimiento de la nueva Babilonia, la gran Roma perseguidora de los mártires y figura del mal, y de la victoria del cordero vencedor.
Nosotros, desterrados también y lejos del reino, celebramos, cada domingo, el triunfo de la humanidad, inaugurado por la resurrección de Jesucristo, y nos sentimos incorporados en ese mismo triunfo y partícipes de él, como la esposa asociada a la gloria de su esposo.
Este cántico nos hace participar también, ya en esta vida, de aquella adoración en espíritu y en verdad, de la que viviremos eternamente; y de la cual el domingo es como un anuncio y pregustación.

Ant. 3. Dijo Jesús: “No temáis. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán.”


Cántico

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios.
(R. Aleluya.)
Porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos.
(R. Aleluya.)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya.)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero.
(R. Aleluya.)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

ORACIÓN AL CÁNTICO

Te glorificamos, Señor Jesucristo, Dios nuestro y Dueño de todo, y te damos gracias porque con tu victoria pascual has embellecido a tu Esposa, la Iglesia; haz que sepamos alegrarnos siempre en tu triunfo y que un día lo contemplemos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. Dijo Jesús: “No temáis. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, que allí me verán.”

LECTURA BREVE Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta “hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies”. Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

Ant. Este es el día en que actuó el Señor: sea él nuestra alegría y nuestro gozo. Aleluya.

CANTICO EVANGELICO

Ant. ¿No has creído, Tomás, sino después de haberme visto? Dichosos los que sin ver han creído. Aleluya.

PRECES
Oremos a Dios Padre, que resucitó a su Hijo Jesucristo y lo exalto a su derecha, y digámosle:
Haz que participemos, Señor, de la gloria de Cristo.

Padre justo, que por la victoria de la cruz elevaste
a Cristo sobre la tierra,
atrae hacia él a todos los hombres.

Por tu Hijo glorificado, envía, Señor, sobre tu Iglesia al Espíritu Santo, a fin de que tu pueblo sea en medio del mundo signo de la unidad de los hombres.

Conserva en la fe de su bautismo a la nueva prole renacida del agua y del Espíritu Santo, para que alcance la vida eterna.

Por tu Hijo glorificado, ayuda, Señor, a los que sufren, da la libertad a los presos, la salud a los enfermos y la abundancia de tus bienes a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

A nuestros hermanos difuntos, a quienes mientras vivían en este mundo diste el cuerpo y la sangre de tu Hijo glorioso, concédeles la gloria de la resurrección en el último día.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor: Padre nuestro

Oración
Señor Dios, cuya misericordia es eterna, tú que reanimas la fe de tu pueblo con la celebración anual de las fiestas pascuales, aumenta en nosotros los dones del bautismo que nos ha purificado, la grandeza del Espíritu que nos ha reengendrado y el precio de la sangre que n os ha redimido. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



DOMINGO TERCERO DE PASCUA

II Vísperas

Lucernario

La luz nueva resplandece
sobre el pueblo redimido.
Éste es un día de alegría,
de gloria y de triunfo.

V. En la ciudad de Dios
grande es la fiesta.
Éste es un día de alegría,
de gloria y de triunfo.

La luz nueva resplandece
sobre el pueblo redimido.
Éste es un día de alegría,
de gloria y de triunfo.

V. Dios mío ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre. Como era. Aleluya.

HIMNO

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 109, 1-5. 7
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE
En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fueres, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección.”
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia. El propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22, 44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2, 34-35; Rm 8, 34; etcétera); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: “Haré de tus enemigos –la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies.” “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos –que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1P 1, 3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Ant. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
"siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies".

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora".

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
"Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec".

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.

Ant. Después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas. Aleluya.

MONICIÓN SÁLMICA
Sal 110
El salmo 110 podemos decir que es un buen colofón de la celebración del domingo. Meditado al final del día del Señor, nos ayuda a dar como mirada retrospectiva a los grandes misterios que hemos conmemorado y vivido en este día: Grandes son las obras del Señor, dignas de estudio para los que los aman.
El domingo, en efecto, nos ha recordado que el Señor envió la redención a su pueblo: la resurrección de Jesucristo, que hoy conmemorado, es el inicio de la resurrección universal. Lo que el hombre tanto deseaba, su más preciada heredad, la ha obtenido ya: la resurrección iniciada por Jesús es, más aún que la antigua posesión de Canaán, la heredad por la que humanidad tanto suspira. Nos ha dado, pues, la heredad de los gentiles.
Recordando siempre su alianza, de alimento a sus fieles. La eucaristía, que hoy todos los cristianos hemos celebrado, ha hecho presente la alianza de Dios con los hombres, ha sido como el memorial de su promesa de resurrección universal: “El que como de este pan vivirá para siempre” (Jn 6, 52).
Podemos decir, pues que este salmo, que ya para Israel era un himno de renovación de la alianza, es para nosotros como una nueva eucaristía vespertina que nos recuerda cómo el Señor ha hecho maravillas memorables para con nosotros. En compañía de los rectos, pues, en la asamblea, recordando cómo la obra de Dios es esplendor y belleza, demos gracias al Señor de todo corazón.

Ant. 2. El Señor envío la redención a su pueblo. Aleluya.

Salmo 110
Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.

Esplendor y belleza son su obra,
su generosidad dura por siempre;
ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.

El da alimento a sus fieles,
recordando siempre su alianza;
mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.

Justicia y verdad son las obras de sus manos,
todos sus preceptos merecen confianza:
son estables para siempre jamás,
se han de cumplir con verdad y rectitud.

Envió la redención a su pueblo,
ratificó para siempre su alianza,
su nombre es sagrado y temible.

Primicia de la sabiduría es el temor del Señor,
tienen buen juicio los que lo practican;
la alabanza del Señor dura por siempre.

ORACIÓN SÁLMICA
Haz, Señor, que, en compañía de los rectos, en la asamblea, te demos gracias por el esplendor y belleza de tu obra y, al participar en la eucaristía, memorial de tus maravillas, encontremos el alimento que tú das a tus fieles como prenda de su futura resurrección. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Ant. El Señor envío la redención a su pueblo. Aleluya.

MONICIÓN AL CÁNTICO

Ap 19, 1-7
El cántico con el que terminamos hoy la salmodia dominical es una aclamación a Cristo, Señor victorioso, muy parecida por su estilo a las que, en la antigüedad, se entonaban en honor del emperador. En el Apocalipsis, estas aclamaciones forman parte de la contemplación profética del hundimiento de la nueva Babilonia, la gran Roma perseguidora de los mártires y figura del mal, y de la victoria del cordero vencedor.
Nosotros, desterrados también y lejos del reino, celebramos, cada domingo, el triunfo de la humanidad, inaugurado por la resurrección de Jesucristo, y nos sentimos incorporados en ese mismo triunfo y partícipes de él, como la esposa asociada a la gloria de su esposo.
Este cántico nos hace participar también, ya en esta vida, de aquella adoración en espíritu y en verdad, de la que viviremos eternamente; y de la cual el domingo es como un anuncio y pregustación.

Ant. 3. Aleluya. Reina el Señor nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.
Cántico

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios.
(R. Aleluya.)
Porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos.
(R. Aleluya.)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya.)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero.
(R. Aleluya.)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

ORACIÓN SÁLMICA

Te glorificamos, Señor Jesucristo, Dios nuestro y Dueño de todo, y te damos gracias porque con tu victoria pascual has embellecido a tu Esposa, la Iglesia; haz que sepamos alegrarnos siempre en tu triunfo y que un día lo contemplemos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. Aleluya. Reina el Señor nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.

LECTURA BREVE Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta “hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies”. Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.


RESPONSORIO BREVE

V. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

R. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

V. Y se ha aparecido a Simón.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.


CANTICO EVANGELICO

Ant. Los discípulos reconocieron a Jesús al partir el pan. Aleluya.


PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por los hombres, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, Rey victorioso, escucha nuestra oración.

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
derrama el fuego del Espíritu Santo sobre los que
has querido fueran testigos de tu resurrección en
el mundo.

Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías
de su esperanza
y la tierra toda se llene del conocimiento de tu
gloria.

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
y haz que con todos nuestros hermanos obtengamos
el premio y el descanso de nuestros trabajos.

Tu que has vencido a la muerte, nuestro enemigo,
destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
para que vivamos siempre para ti, vencedor
inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Cristo Salvador, tú que te hiciste obediente hasta la
muerte y has sido elevado a la derecha del Padre,
recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos
difuntos.

Unamos nuestra salvación a la de Jesús, nuestro abogado ante el Padre, y digamos como él nos enseñó: Padre nuestro.

Oración
Señor, que tu pueblo se regocije siempre al verse renovado y rejuvenecido por la resurrección de Jesucristo, y que la alegría de haber recobrado la dignidad de la adopción filial le dé la firme esperanza de resucitar gloriosamente como Jesucristo. Que vive y reina contigo.


DOMINGO IV DE PASCUA

II Vísperas

Lucernario

Si tú vives con Dios,
brilla la noche.
Él es la luz:
en él no hay tiniebla.

V. Quien está con Dios camina en la luz
y vive en comunión con los hermanos
Él es la luz:
en él no hay tiniebla.

Si tú vives con Dios,
brilla la noche.
Él es la luz:
En él no hay tiniebla.

V. Dios mío ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre. Como era. Aleluya.

HIMNO

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 109, 1-5. 7
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE
En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fueres, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección.”
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia. El propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22, 44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2, 34-35; Rm 8, 34; etcétera); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: “Haré de tus enemigos –la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies.” “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos –que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1P 1, 3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Salmo 109
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Oráculo del Señor a mi Señor:
"siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies".
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora".

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
"Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec".

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.


ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso y eterno, que has glorificado a tu Hijo Jesucristo sentándolo a tu derecha y destruyendo el poder de sus enemigos, haz que el poder de su cetro se extienda hasta los confines de la tierra y que la victoria de tu Hijo alcance a todos los pueblos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ant. Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Aleluya.

MONICIÓN SÁLMICA

Sal 111

El salmo 111 es uno de los salmos rituales usados por Israel para celebrar la renovación de la alianza. Viene a ser como la lista de las bendiciones que Dios promete a quienes han sellado su pacto con Él
Al escuchar esta lista de bendiciones, prometidas al justo que teme al Señor, y ama de corazón sus mandatos, los cristianos pensamos, casi espontánea y necesariamente, en Cristo, el justo por excelencia, el que, como cabeza del nuevo pueblo de Dios, ha sellado en su sangre la alianza nueva y eterna. Dios ha realizado en él todas las bendiciones prometidas en el salmo: Su descendencia -la Iglesia- es bendita; el brilla en las tinieblas como una luz; su recuerdo es perpetuo, como la misma celebración del domingo nos evidencia. Pero este salmo puede evocarnos también la felicidad de quienes, por nuestra comunión en Cristo, somos también herederos de las bendiciones de la nueva alianza. Meditado en este contexto, este salmo puede ser muy significativo para concluir el domingo. El bautismo, incorporándonos a Cristo, nos ha dado parte en las bendiciones divinas prometidas al justo: también nosotros somos luz del mundo; también nuestro corazón puede estar seguro, sin temor de malas noticias, porque hemos escuchada la Buena noticia de Jesús; también nosotros esperamos alzar la frente con dignidad y ver derrotados a nuestros enemigos, la muerte y el pecado.
Que este salmo, pues, nos lleve, por una parte, a la co0ntemplación de las perfecciones de Cristo, el justo por excelencia, y como, por otra, a la acción de gracias por la alianza y por las bendiciones, que, por Cristo, hemos obtenido.

Ant. 2. En las tinieblas brilla una luz para el justo. Aleluya.

Salmo 111
FELICIDAD DEL JUSTO

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor Jesús, luz indeficiente de quienes aman de corazón los mandatos de Dios, has que todos los cristianos caminemos como hijos de la luz, que nuestra caridad sea constante, sin falta, que, por haber repartido limosna a los pobres, podamos en el último día alzar la frente con dignidad y escuchar de tus labios la bendición suprema: “venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”.
Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos, de los siglos. Amén.

Ant. En las tinieblas brilla una luz para el justo. Aleluya.

MONICIÓN AL CÁNTICO

Ap 19, 1-7
El cántico con el que terminamos hoy la salmodia dominical es una aclamación a Cristo, Señor victorioso, muy parecida por su estilo a las que, en la antigüedad, se entonaban en honor del emperador. En el Apocalipsis, estas aclamaciones forman parte de la contemplación profética del hundimiento de la nueva Babilonia, la gran Roma perseguidora de los mártires y figura del mal, y de la victoria del cordero vencedor.
Nosotros, desterrados también y lejos del reino, celebramos, cada domingo, el triunfo de la humanidad, inaugurado por la resurrección de Jesucristo, y nos sentimos incorporados en ese mismo triunfo y partícipes de él, como la esposa asociada a la gloria de su esposo.
Este cántico nos hace participar también, ya en esta vida, de aquella adoración en espíritu y en verdad, de la que viviremos eternamente; y de la cual el domingo es como un anuncio y pregustación.

Ant. 3. Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios. Aleluya.

Cántico

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios.
(R. Aleluya.)
Porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos.
(R. Aleluya.)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya.)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero.
(R. Aleluya.)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

ORACIÓN AL CÁNTICO

Te glorificamos, Señor Jesucristo, Dios nuestro y Dueño de todo, y te damos gracias porque con tu victoria pascual has embellecido a tu Esposa, la Iglesia; haz que sepamos alegrarnos siempre en tu triunfo y que un día lo contemplemos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios. Aleluya.


LECTURA BREVE Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta “hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies”. Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

V. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

R. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

V. Y se ha aparecido a Simón.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Mis ovejas atienden a mi voz, y yo, el Señor, las conozco a ellas. Aleluya.

PRECES

Oremos a Dios Padre, que resucitó a su Hijo Jesucristo y lo exaltó a su derecha, y digámosle:

Haz que participemos, Señor, de la gloria de Cristo.

Padre justo, que por la victoria de la cruz elevaste
a Cristo sobre la tierra,
atrae hacia él a todos los hombres.

Por tu Hijo glorificado, envía, Señor, sobre tu
Iglesia al Espíritu Santo,
a fin de que tu pueblo sea en medio del mundo
signo de la unidad de los hombres.

Conserva en la fe de su bautismo a la nueva prole
renacida del agua y del Espíritu Santo,
para que alcance la vida eterna.

Por tu Hijo glorificado, ayuda, Señor, a los que
sufren, da la libertad a los presos, la salud a los
enfermos
y la abundancia de tus bienes a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

A nuestros hermanos difuntos, a quienes mientras
vivían en este mundo diste el cuerpo y la sangre de
tu Hijo glorioso,
concédeles la gloria de la resurrección en el
último día.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor: Padre nuestro.

Oración

Dios todopoderoso y eterno, que has dado a tu Iglesia el gozo inmenso de la resurrección de Jesucristo, te pedimos que nos lleves a gozar de las alegrías celestiales, para que así llegue también el humilde rebaño hasta donde penetró su victorioso Pastor. Que vive y reina contigo.


DOMINGO V DE PASCUA

II Vísperas

Lucernario

En el día eterno
no habrá más noche.
El Señor lo iluminará
y reinarán por los siglos.

V. Ni luz de lámpara ni luz del sol
iluminará la tierra.
El Señor lo iluminará
y reinarán por los siglos.

En el día eterno
no habrá más noche.
El Señor lo iluminará
y reinarán por los siglos.

V. Dios mío ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre. Como era. Aleluya.

HIMNO

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.

SALMODIA

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 109, 1-5. 7
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE
En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fueres, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección.”
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia. El propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22, 44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2, 34-35; Rm 8, 34; etcétera); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: “Haré de tus enemigos –la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies.” “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos –que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1P 1, 3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.


Ant. 1. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya

Salmo 109
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Oráculo del Señor a mi Señor:
"siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies".

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora".

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
"Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec".

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso y eterno, que has glorificado a tu Hijo Jesucristo sentándolo a tu derecha y destruyendo el poder de sus enemigos, haz que el poder de su cetro se extienda hasta los confines de la tierra y que la victoria de tu Hijo alcance a todos los pueblos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Ant. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 113 A

Acabamos de meditar el salmo 109, que nos ha hecho contemplar el triunfo del Mesías, el Primogénito entre muchos hermanos, a quien el Padre ha prometido “hacer de sus enemigos estrado de sus pies” (v. 1). Ahora el salmo 113 nos hará contemplar al pueblo que, también triunfante, sigue a Cristo, caminando hacia la libertad definitiva: el nuevo Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente.
Para la comunidad cristiana este salmo es, sobre todo en el domingo, una evocación de su propia peregrinación, triunfante por lo menos en la esperanza. Como Israel se sintió acompañado por Dios durante los años del desierto –Judá fue el santuario de Dios, Israel su dominio-, así también el pueblo cristiano se ve acompañado por la fuerza de Cristo y de su misterio pascual en su caminar por ese mundo.
Que este salmo nos invite, pues, a la contemplación de la victoria de Cristo participada por la Iglesia. Cuando Israel salió de Egipto, en presencia del Señor se estremeció la tierra; cuando el nuevo pueblo de Dios, siguiendo a Cristo, camina hacia la libertad definitiva, también las peñas duras de las dificultades se transforman en manantiales de agua abundante, y así con paso firme y seguro, contemplando como el mar huye y los montes saltan como carneros –es decir, como se allanan todas las dificultades-, el nuevo pueblo de Dios camina hacia la tierra de la vida.

Ant. 2. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.

Salmo 113 A
ISRAEL LIBERADO DE EGIPTO

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso, que nos has arrancado del Egipto del pecado y nos has hecho nacer de nuevo por el agua y el Espíritu Santo, convirtiéndonos en raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada y pueblo adquirido por ti, concede a todos los que hemos sido llamados a salir de la tiniebla y a entrar en tu luz maravillosa a proclamar tus hazañas en esta vida y cantar tus alabanzas con todos los elegidos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.


MONICIÓN AL CÁNTICO

Ap 19, 1-7
El cántico con el que terminamos hoy la salmodia dominical es una aclamación a Cristo, Señor victorioso, muy parecida por su estilo a las que, en la antigüedad, se entonaban en honor del emperador. En el Apocalipsis, estas aclamaciones forman parte de la contemplación profética del hundimiento de la nueva Babilonia, la gran Roma perseguidora de los mártires y figura del mal, y de la victoria del cordero vencedor.
Nosotros, desterrados también y lejos del reino, celebramos, cada domingo, el triunfo de la humanidad, inaugurado por la resurrección de Jesucristo, y nos sentimos incorporados en ese mismo triunfo y partícipes de él, como la esposa asociada a la gloria de su esposo.
Este cántico nos hace participar también, ya en esta vida, de aquella adoración en espíritu y en verdad, de la que viviremos eternamente; y de la cual el domingo es como un anuncio y pregustación.


Ant. 3. Aleluya. Reina el Señor, nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.

Cántico
LAS BODAS DEL CORDERO

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios.
(R. Aleluya.)
Porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos.
(R. Aleluya.)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya.)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero.
(R. Aleluya.)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

ORACIÓN AL CÁNTICO

Te glorificamos, Señor Jesucristo, Dios nuestro y Dueño de todo, y te damos gracias porque con tu victoria pascual has embellecido a tu Esposa, la Iglesia; haz que sepamos alegrarnos siempre en tu triunfo y que un día lo contemplemos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. Aleluya. Reina el Señor, nuestro Dios: alegrémonos y démosle gracias. Aleluya.

LECTURA BREVE Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta “hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies”. Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

V. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

R. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

V. Y se ha aparecido a Simón.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

CANTICO EVANGELICO

Ant. Si permanecéis en mí, pediréis lo que queráis, y se os dará. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por los hombres, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, Rey victorioso, escucha nuestra oración.

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
derrama el fuego del Espíritu Santo sobre los que
has querido fueran testigos de tu resurrección en
el mundo.

Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías
de su esperanza
y la tierra toda se llene del conocimiento de tu
gloria.

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
y haz que con todos nuestros hermanos obtengamos
el premio y el descanso de nuestros trabajos.

Tu que has vencido a la muerte, nuestro enemigo,
destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
para que vivamos siempre para ti, vencedor
inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Cristo Salvador, tú que te hiciste obediente hasta la
muerte y has sido elevado a la derecha del Padre,
recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos
difuntos.

Unamos nuestra oración a la de Jesús, nuestro abogado ante el Padre, y digamos como él nos enseñó: Padre nuestro.

Oración

Dios nuestro, que nos has enviado la redención y concedido la filiación adoptiva, protege con bondad a los hijos que tanto amas, y concédenos, por nuestra fe en Cristo, la verdadera libertad y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.


DOMINGO VI DE PASCUA

II Vísperas

Lucernario

R. ¡Luz alegre de la Santa gloria del Padre celeste inmortal,
Santo y dichoso Jesucristo!

Estando a la puesta del sol,
Contemplando la luz de la noche,
Cantamos al Padre, y al Hijo,
y al Espíritu Santo de Dios.

R. ¡Luz alegre de la Santa gloria del Padre celeste inmortal,
Santo y dichoso Jesucristo!

Eres digno en todo tiempo
de ser alabado por la voz de los santos,
Hijo de Dios que das la vida:
también el mundo te glorifica.
¡Luz alegre de la Santa gloria del Padre celeste inmortal,
Santo y dichoso Jesucristo!


V. Dios mío ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre. Como era. Aleluya.

HIMNO

Al fin será la paz y la corona,
los vítores, las palmas sacudidas,
y un aleluya inmenso como el cielo
para cantar la gloria del Mesías.

Será el estrecho abrazo de los hombres,
sin muerte, sin pecado, sin envidia;
será el amor perfecto del encuentro,
será como quien llora de alegría.

Porque hoy remonta el vuelo el sepultado
y va por el sendero de la vida
a saciarse de gozo junto al Padre
y a preparar la mesa de familia.

Se fue, pero volvía, se mostraba,
lo abrazaban, hablaba, compartía;
y escondido la Iglesia lo contempla,
lo adora más presente todavía.

Hundimos en sus ojos la mirada,
y ya es nuestra la historia que principia,
nuestros son los laureles de su frente,
aunque un día le dimos las espinas.

Que el tiempo y el espacio limitados
sumisos al Espíritu se rindan,
y dejen paso a Cristo omnipotente,
a quien gozoso el mundo glorifica. Amén.


SALMODIA

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 109, 1-5. 7
En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fueres, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección.”
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia. El propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22, 44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2, 34-35; Rm 8, 34; etcétera); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: “Haré de tus enemigos –la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies.” “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos –que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1P 1, 3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Ant. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo sentar en su gloria. Aleluya.

Salmo 109
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Oráculo del Señor a mi Señor:
"siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies".

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora".

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
"Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec".

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso y eterno, que has glorificado a tu Hijo Jesucristo sentándolo a tu derecha y destruyendo el poder de sus enemigos, haz que el poder de su cetro se extienda hasta los confines de la tierra y que la victoria de tu Hijo alcance a todos los pueblos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ant. Dios resucitó a Cristo de entre los muertos y lo hizo sentar en su gloria. Aleluya.

MONICIÓN SÁLMICA

Sal 113 B

Israel, probablemente en el tiempo que siguió al destierro, se sentía como humillado en su fe religiosa. Parecía como si los pueblos vecinos tuvieran dioses más poderosos que Yahvé, pues la situación de estos pueblos era más próspera que la del pueblo de Israel. En este contexto, se compone el salmo 113, como acto de fe en el poder de Yahvé frente a los dioses extranjeros.
La tentación de creer que hay dioses más poderosos que nuestro Dios no es una cosa ya superada; también nuestro tiempo tiene sus divinidades, en las que no pocos ponen su confianza: el dinero, el poder, los proyectos humanos, los ideales políticos, el progreso del mundo y de la ciencia, los planes propios. El domingo es el día bautismal –muchos cristianos han recibido hoy el baño del nuevo nacimiento- y por ello puede llevarnos fácilmente al recuerdo de nuestros compromisos bautismales. En las renuncias del bautismo, “abandonamos los ídolos para servir al Dios vivo”. Que el salmo que ahora rezaremos renueve nuestra fidelidad a los compromisos bautismales: Los ídolos del mundo son plata y oro, hechura de manos humanas; Israel, confía en el Señor: sólo él es su auxilio y su escudo.

Ant. 2. Habéis renunciado a los ídolos para consagraros al Dios vivo. Aleluya.

Salmo 113-B
HIMNO AL DIOS VERDADERO

No a nosotros, Señor, no a nosotros,
sino a tu nombre da la gloria;
por tu bondad, por tu lealtad.
¿Por qué han de decir las naciones:
"Dónde está su Dios?"

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
Los fieles del Señor confían en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.

Que el Señor se acuerde de nosotros y nos bendiga,
bendiga a la casa de Israel,
bendiga a la casa de Aarón;
bendiga a los fieles del Señor,
pequeños y grandes.

Que el Señor os acreciente,
a vosotros y a vuestros hijos;
bendito seáis del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.
El cielo pertenece al Señor,
la tierra se le ha dado a los hombres.

Los muertos ya no alaban al Señor,
ni los que bajan al silencio.
Nosotros, sí, bendeciremos al Señor
ahora y por siempre.
ORACIÓN SÁLMICA
Sal 113 B
Señor Dios nuestro, siempre fiel en el amor, has que tu Iglesias no confíe nunca en ídolos, hechura de manos humanas sino que ponga siempre en ti su esperanza y, anhelando el retorno de Jesús al fin de los tiempos, bendiga tu nombre, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. 2. Habéis renunciado a los ídolos para consagraros al Dios vivo. Aleluya.
Aleluya.

MONICIÓN SÁLMICA

Ap 19, 1-7
El cántico con el que terminamos hoy la salmodia dominical es una aclamación a Cristo, Señor victorioso, muy parecida por su estilo a las que, en la antigüedad, se entonaban en honor del emperador. En el Apocalipsis, estas aclamaciones forman parte de la contemplación profética del hundimiento de la nueva Babilonia, la gran Roma perseguidora de los mártires y figura del mal, y de la victoria del cordero vencedor.
Nosotros, desterrados también y lejos del reino, celebramos, cada domingo, el triunfo de la humanidad, inaugurado por la resurrección de Jesucristo, y nos sentimos incorporados en ese mismo triunfo y partícipes de él, como la esposa asociada a la gloria de su esposo.
Este cántico nos hace participar también, ya en esta vida, de aquella adoración en espíritu y en verdad, de la que viviremos eternamente; y de la cual el domingo es como un anuncio y pregustación.


Ant. 3. Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios. Aleluya.

Cántico
LAS BODAS DEL CORDERO

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios.
(R. Aleluya.)
Porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos.
(R. Aleluya.)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya.)
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero.
(R. Aleluya.)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

ORACIÓN SÁLMICA
ORACIÓN AL CÁNTICO

Te glorificamos, Señor Jesucristo, Dios nuestro y Dueño de todo, y te damos gracias porque con tu victoria pascual has embellecido a tu Esposa, la Iglesia; haz que sepamos alegrarnos siempre en tu triunfo y que un día lo contemplemos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. 3. Aleluya. La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios. Aleluya.

LECTURA BREVE Hb 10, 12-14

Cristo, habiendo ofrecido un solo sacrificio en expiación de los pecados, está sentado para siempre a la diestra de Dios, y espera el tiempo que falta “hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies”. Así, con una sola oblación, ha llevado para siempre a la perfección en la gloria a los que ha santificado.

RESPONSORIO BREVE

V. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

R. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.

V. Y se ha aparecido a Simón.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Verdaderamente ha resucitado el Señor.
Aleluya, aleluya.


CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que os mando. Aleluya

PRECES

Oremos a Dios Padre, que resucitó a su Hijo Jesucristo y lo exaltó a su derecha, y digámosle:
Haz que participemos, Señor, de la gloria de Cristo.

Padre justo, que por la victoria de la cruz elevaste a Cristo sobre la tierra,
atrae hacia él a todos los hombres.

Por tu Hijo glorificado, envía, Señor, sobre tu
Iglesia al Espíritu Santo,
a fin de que tu pueblo sea en medio del mundo
signo de la unidad de los hombres.

Conserva en la fe de su bautismo a la nueva prole
renacida del agua y del Espíritu Santo,
para que alcance la vida eterna.

Por tu Hijo glorificado, ayuda, Señor, a los que
sufren, da la libertad a los presos, la salud a los
enfermos
y la abundancia de tus bienes a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

A nuestros hermanos difuntos, a quienes mientras
vivían en este mundo diste el cuerpo y la sangre de
tu Hijo glorioso,
concédeles la gloria de la resurrección en el
último día.

Terminemos nuestra oración con las palabras del Señor: Padre nuestro.


Oración

Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con amor ferviente estos días alegría en honor de Cristo resucitado, y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



LA ASCENCIÓN DEL SEÑOR

II Vísperas

Lucernario

Quien me sigue, ya ha vencido las tinieblas:
camina por un camino seguro.
Tendrá la luz de la vida
- dice el Señor -.

V. Si guarda mi palabra,
no probará la muerte.
Tendrá la luz de la vida
- dice el Señor -.

Quien me sigue, ya ha vencido las tinieblas:
camina por un camino seguro.
Tendrá la luz de la vida
- Dice el Señor -.

V. Dios mío ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre. Como era. Aleluya.

HIMNO

Retorna victorioso
la cruz en mano enhiesta como un cetro,
como la llave que abre el paraíso;
y a su lado retornan los cautivos
vuelto en gozo las lágrimas y el duelo:
¡Jesús entra en el cielo!

Vuelve el Esposo santo;
el hijo más hermoso de la tierra
regresa coronado de su viaje,
y la Iglesia, la Esposa de su sangre,
lo acompaña radiante de belleza:
¡Jesús entra en el cielo!

Alzad vuestra esperanza,
porque ha quedado el áncora clavada;
si la tormenta agita el oleaje,
no se agite la fe del navegante,
que en la ribera Cristo nos amarra:
¡Jesús entra en el cielo!

El Padre Dios se goza
porque descansa el Hijo en su regazo
al retorno triunfal de la pelea;
goce la Iglesia, goce en su cabeza,
y alabe por los siglos a su Amado:
¡Jesús entra en el cielo! Amén.


SALMODIA

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 109, 1-5. 7

En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fueres, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección.”
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia. El propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22, 44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2, 34-35; Rm 8, 34; etcétera); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: “Haré de tus enemigos –la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies.” “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos –que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1P 1, 3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Ant. 1. Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

Salmo 109
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Oráculo del Señor a mi Señor:
"siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies".

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora".

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
"Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec".

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso y eterno, que has glorificado a tu Hijo Jesucristo sentándolo a tu derecha y destruyendo el poder de sus enemigos, haz que el poder de su cetro se extienda hasta los confines de la tierra y que la victoria de tu Hijo alcance a todos los pueblos. Por Jesucristo nuestro Señor.

Ant. Subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre. Aleluya.

MONICIÓN SÁLMICA

Sal 46
Este salmo aclama a Dios como rey universal; parece oírse en él el eco de una gran victoria: Dios nos somete los pueblos y nos sojuzga las naciones. Posiblemente, este texto es un himno litúrgico para la entronización del arca después de una procesión litúrgica -Dios asciende entre aclamaciones- o bien un canto para alguna de las fiestas reales en que el pueblo aclama a su Señor, bajo la figura del monarca.
Nosotros con este canto aclamamos a Cristo resucitado, en la hora misma de su resurrección. El Señor sube a la derecha del Padre, y a nosotros nos ha escogido como su heredad. Su triunfo es, pues, nuestro, triunfo e incluso la victoria de toda la humanidad, porque fue “por nosotros los hombres y por nuestra salvación” que “subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre”. Por ello, no sólo la Iglesia, sino incluso todos los pueblos deben batir palmas y aclamar a Dios con gritos de júbilo.

Ant. 2. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Aleluya.

Salmo 46
EL SEÑOR ES REY DE TODAS LAS COSAS

Pueblos todos, batid palmas,
aclamad a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor es sublime y terrible,
emperador de toda la tierra.

Él nos somete los pueblos
y nos sojuzga las naciones;
él nos escogió por heredad suya:
gloria de Jacob, su amado.

Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
tocad para Dios, tocad,
tocad para nuestro Rey, tocad.

Porque Dios es el rey del mundo:
tocad con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado.

Los príncipes de los gentiles se reúnen
con el pueblo del Dios de Abrahám;
porque de Dios son los grandes de la tierra,
y él es excelso.

ORACIÓN SÁLMICA
Señor Jesús, rey sublime y terrible, batimos palmas en tu honor y te aclamamos con gritos de júbilo, porque, con tu misterio pascual, sometes el pecado y sojuzgas la muerte, y a nosotros, tus hermanos, nos has escogido por heredad tuya; haz que un día también los gentiles se reúnan con nosotros, el pueblo del Dios de Jacob, y, contemplando tu gloria, toquen para ti, por los siglos de los siglos.

Ant. Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas. Aleluya.

MONICIÓN SÁLMICA

Ap 11, 17-18; 12, 10b-12a
El cántico de hoy, entresacado de dos lugares muy distintos del Apocalipsis, canta el advenimiento del reino de Dios que, aunque tiene que contar aún con luchas y dificultades, alcanzará finalmente una victoria completa sobre las fuerzas del mal.
La primera y la segunda estrofa son el himno conclusivo de la descripción del Cordero que, con su muerte y resurrección, fue digno de abrir el libro sellado: el sentido de la historia y, en concreto, el porqué del sufrimiento de los mártires y de los justos. Ante este triunfo del Cordero, los ancianos se postraran en signo de adoración y proclaman el reino del Cristo, quien, a pesar de su muerte, ha sumido, finalmente, por su resurrección, el gran poder y ha comenzado a reinar. Con este triunfo, ha llegado el tiempo de juzgar a los muertos, dando el premio a los profetas (santos del antiguo Testamento) y a los santos (mártires cristianos) y a los que temen su nombre (el conjunto de los cristianos), y de castigar a los que arruinaron la tierra (perseguidores de la Iglesia).
La tercera y cuarta estrofa son la parte poética de la conocida visión de la mujer que da a luz a un hijo, y que, perseguida, escapa al desierto. Es la comunidad cristiana que, a pesar de la persecución, salve victoriosa. Los ángeles cantan este triunfo y a él son asociados los mártires, que no amaro tanto su vida que temieran la muerte.
El reino de Dios, aunque seguro, contará aún con numerosas luchas antes de llegar a su triunfo final. No hay, pues, que descorazonarse, no hay que hacer componendas con estas fuerzas del mal que revestirán formas bien diversas a través de la historia. Ello sería renunciar a la esperanza cristiana y no tener presente las palabras del Señor: “En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: Yo he vencido al mundo” (Jn 16, 33).

Ant. 3. Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él. Aleluya.

Cántico

Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.

Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen su nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estad alegres, cielos,
y los que moráis en sus tiendas.

ORACIÓN SÁLMICA
Señor Jesucristo, que por tu resurrección has comenzado a reinar y has dado el galardón a los mártires, que, a semejanza tuya, han derramado su sangre, robustece nuestra esperanza y haz que ante la lucha no dudemos, sino que confiemos siempre que, como tú los has prometido, también nosotros venceremos al mundo y contigo reinaremos, por los siglos de los siglos.

Ant. Ya ha entrado el Hijo del hombre en su gloria, y Dios ha recibido su glorificación por él. Aleluya.

LECTURA BREVE 1 Pe 3, 18. 22

Cristo murió una sola vez por nuestros pecados, siendo justo murió por nosotros los injustos, para llevarnos a Dios. Fue entregado a la muerte según la carne, pero fue resucitado según el espíritu. Él, después de subir al cielo, está a la diestra de Dios y le están sometidos los ángeles, las dominaciones y las potestades.

RESPONSORIO BREVE

V. Subo a mi Padre y a vuestro Padre. Aleluya, aleluya.

R. Subo a mi Padre y a vuestro Padre. Aleluya, aleluya.

V. A mi Dios y a vuestro Dios.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. Subo a mi Padre y a vuestro Padre. Aleluya, aleluya.

CANTICO EVANGELICO

Ant. Oh Rey de la gloria, Señor del universo, que hoy asciendes triunfante al cielo: No nos dejes huérfanos, envía hacia nosotros la promesa del Padre, el Espíritu de verdad. Aleluya.

PRECES

Aclamemos, alegres, a Jesucristo, que se ha sentado hoy a la derecha del Padre, y digámosle:

Cristo, tú eres el rey de la gloria.

Rey de la gloria, que has querido glorificar por medio de tu cuerpo la fragilidad de nuestra carne, elevándola hasta la gloria del cielo,
purifícanos de toda mancha y devuélvenos nuestra
antigua dignidad.

Tú que por amor descendiste hasta nosotros,
haz que también nosotros por amor subamos
hasta ti.

Tú que prometiste atraer a todos hacia ti,
no permitas que nosotros seamos apartados de la
unidad de tu cuerpo.

Tu que nos has precedido al cielo en tu ascensión glorioso,
haz que te sigamos ahí con nuestro corazón y
nuestra mente.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Ya que te esperamos como Dios, juez de todos los hombres,
haz que un día podamos contemplarte en tu gloria y majestad, junto con nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre, repitiendo la oración que Cristo nos enseñó: Padre nuestro.

Oración

Concédenos, Señor, rebosar de alegría al celebrar la gloriosa ascensión de tu Hijo, y elevar a ti una cumplida acción de gracias, pues el triunfo de Cristo es ya nuestra victoria y, ya que él es la cabeza de la Iglesia, haz que nosotros, que somos su cuerpo, nos sintamos atraídos por una irresistible esperanza hacia donde él nos precedió. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.



DOMINGO DE PENTECOSTÉS


II Vísperas


¡Oh viva flama de mi lucerna,
Oh Dios, mi luz!
Ilumina, Señor, mi camino,
única esperanza en la larga noche.

V. Si el ánimo vacila o se atemoriza,
nos fortalece y salva.
Ilumina, Señor, mi camino,
única esperanza en la larga noche.

¡Oh viva flama de mi lucerna,
Oh Dios, mi luz!
Ilumina, Señor, mi camino,
única esperanza en la larga noche.


V. Dios mío ven en mi auxilio

R. Señor, date prisa en socorrerme. Gloria al Padre. Como era. Aleluya.

HIMNO

Ven, Creador, Espíritu amoroso,
ven y visita el alma que a ti clama
y con tu soberana gracia inflama
los pechos que criaste poderoso.

Tú que abogado fiel eres llamado,
del Altísimo don, perenne fuente
de vida eterna, caridad ferviente,
espiritual unción, fuego sagrado.

Tú te infundes al alma en siete dones,
fiel promesa del Padre soberano;
tú eres el dedo de su diestra mano,
tú nos dictas palabras y razones.

Ilustra con tu luz nuestros sentidos,
del corazón ahuyenta la tibieza,
haznos vencer la corporal flaqueza,
con tu eterna virtud fortalecidos.

Por ti, nuestro enemigo desterrado,
gocemos de paz santa duradera,
y, siendo nuestro guía en la carrera,
todo daño evitemos y pecado.

Por ti al eterno padre conozcamos,
y al Hijo, soberano omnipotente,
y a ti, Espíritu, de ambos procedente,
con viva fe y amor siempre creamos. Amén.

SALMODIA

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 109, 1-5. 7
En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fueres, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): “Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección.”
Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia. El propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22, 44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2, 34-35; Rm 8, 34; etcétera); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.
A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: “Haré de tus enemigos –la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies.” “Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos –que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva” (1P 1, 3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Ant. 1. El Espíritu del Señor llena el universo. Aleluya.

Salmo 109
EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Oráculo del Señor a mi Señor:
"siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies".

Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

"Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora".

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
"Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec".

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso, levantará la cabeza.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso y eterno, que has glorificado a tu Hijo Jesucristo sentándolo a tu derecha y destruyendo el poder de sus enemigos, haz que el poder de su cetro se extienda hasta los confines de la tierra y que la victoria de tu Hijo alcance a todos los pueblos. Por Jesucristo nuestro Señor.
Ant. El Espíritu del Señor llena el universo. Aleluya.

MONICIÓN SÁLMICA

Salmo 113 A

Acabamos de meditar el salmo 109, que nos ha hecho contemplar el triunfo del Mesías, el Primogénito entre muchos hermanos, a quien el Padre ha prometido “hacer de sus enemigos estrado de sus pies” (v. 1). Ahora el salmo 113 nos hará contemplar al pueblo que, también triunfante, sigue a Cristo, caminando hacia la libertad definitiva: el nuevo Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente.
Para la comunidad cristiana este salmo es, sobre todo en el domingo, una evocación de su propia peregrinación, triunfante por lo menos en la esperanza. Como Israel se sintió acompañado por Dios durante los años del desierto –Judá fue el santuario de Dios, Israel su dominio-, así también el pueblo cristiano se ve acompañado por la fuerza de Cristo y de su misterio pascual en su caminar por ese mundo.
Que este salmo nos invite, pues, a la contemplación de la victoria de Cristo participada por la Iglesia. Cuando Israel salió de Egipto, en presencia del Señor se estremeció la tierra; cuando el nuevo pueblo de Dios, siguiendo a Cristo, camina hacia la libertad definitiva, también las peñas duras de las dificultades se transforman en manantiales de agua abundante, y así con paso firme y seguro, contemplando como el mar huye y los montes saltan como carneros –es decir, como se allanan todas las dificultades-, el nuevo pueblo de Dios camina hacia la tierra de la vida.


Ant. 2. Confirma, oh Dios, lo que has realizado en nosotros, desde tu santo templo de Jerusalén. Aleluya.

Salmo 113 A
ISRAEL LIBERADO DE EGIPTO

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

ORACIÓN SÁLMICA

Señor, Dios todopoderoso, que nos has arrancado del Egipto del pecado y nos has hecho hacer de nuevo por el agua y el Espíritu Santo, convirtiéndonos en raza elegida, sacerdocio real, nación consagrada y pueblo adquirido por ti, concede a todos los que hemos sido llamados a salir de la tiniebla y a entrar en tu luz maravillosa a proclamar tus hazañas en esta vida y cantar tus alabanzas con todos los elegidos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. Confirma, oh Dios, lo que has realizado en nosotros, desde tu santo templo de Jerusalén. Aleluya.

MONICIÓN AL CÁNTICO

Ap 19, 1-7

El cántico con el que terminamos hoy la salmodia dominical es una aclamación a Cristo, Señor victorioso, muy parecida por su estilo a las que, en la antigüedad, se entonaban en honor del emperador. En el Apocalipsis, estas aclamaciones forman parte de la contemplación profética del hundimiento de la nueva Babilonia, la gran Roma perseguidora de los mártires y figura del mal, y de la victoria del cordero vencedor.
Nosotros, desterrados también y lejos del reino, celebramos, cada domingo, el triunfo de la humanidad, inaugurado por la resurrección de Jesucristo, y nos sentimos incorporados en ese mismo triunfo y partícipes de él, como la esposa asociada a la gloria de su esposo.
Este cántico nos hace participar también, ya en esta vida, de aquella adoración en espíritu y en verdad, de la que viviremos eternamente; y de la cual el domingo es como un anuncio y pregustación.

Ant. 3. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar. Aleluya.

Cántico
LAS BODAS DEL CORDERO

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios.
(R. Aleluya)
Porque sus juicios son verdaderos y justos.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya
Alabad al Señor, sus siervos todos.
(R. Aleluya.)
Los que le teméis, pequeños y grandes.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo.
(R. Aleluya).
Alegrémonos y gocemos y démosle gracias.
R. Aleluya, (aleluya).

Aleluya
Llegó la boda del Cordero.
(R. Aleluya.)
Su esposa se ha embellecido.
R. Aleluya, (aleluya).

ORACIÓN SÁLMICA
Te glorificamos, Señor Jesucristo, Dios nuestro y Dueño de todo, y te damos gracias porque con tu victoria pascual has embellecido a tu Esposa, la Iglesia; haz que sepamos alegrarnos siempre en tu triunfo y que un día lo contemplemos, por los siglos de los siglos. R. Amén.

Ant. 3. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a hablar. Aleluya.


LECTURA BREVE Ef 4, 3-6

Esforzaos por mantener la unidad del Espíritu, con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la meta de la esperanza en la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor, una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

RESPONSORIO BREVE

V. El Espíritu del Señor llena el universo.
Aleluya, aleluya.

R. El Espíritu del Señor llena el universo.
Aleluya, aleluya.

V. Y él, que todo lo mantiene unido,
conoce todas las voces.

R. Aleluya, aleluya.

V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

R. El Espíritu del Señor llena el universo.
Aleluya, aleluya.


CANTICO EVANGELICO

Ant. Hoy han llegado a su término los días de Pentecostés, aleluya; hoy el Espíritu Santo se apareció a los discípulos en forma de lenguas de fuego y los enriqueció con sus dones, enviándolos a predicar a todo el mundo y a dar testimonio de que el que crea y se bautice se salvará. Aleluya.

PRECES

Oremos a Dios Padre, que por medio de Cristo ha congregado a la Iglesia y digamos suplicantes:

Envía, Señor, a la Iglesia tu Espíritu Santo.

Tú que quieres que todos los que nos llamamos cristianos, unidos por un solo bautismo en el mismo Espíritu, formemos una única Iglesia,
haz que cuantos creen en ti sean un solo corazón y
una sola alma.

Tú que con el Espíritu llenaste el universo,
haz que los hombres construyan un mundo nuevo en justicia y paz.

Señor, Padre de todos los hombres, que quieres reunir en la confesión de la única fe a tus hijos dispersos, ilumina a todos los hombres con la gracia del
Espíritu Santo.

Tú que por tu Espíritu lo renuevas todo,
concede la salud a los enfermos, el consuelo a los que viven tristes y la salvación a todos los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones.

Tú que por tu Espíritu resucitase a tu Hijo de entre los muertos,
infunde nueva vida a los que han muerto.

Dirijámonos ahora al Padre con las palabras que el Espíritu del Señor resucitado pone en nuestros labios: Padre nuestro.

Oración

Dios nuestro, que por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia en todo pueblo y nación, derrama los dones del Espíritu Santo por toda la extensión de la tierra, y aquellas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica continúa realizándolas ahora en los corazones de tus fieles. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

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