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LITURGIA
TEMA 10: EL LECTOR
ORACION INICIAL:
Se pone en letrero grande el siguiente texto bíblico:
"Cuando Yo te hable,
abriré tu boca,
y tú les dirás:
Así dice el Señor".
En el texto visto hallamos
los elementos de un lector, que es continuación de un profeta, el
mediador del diálogo entre Dios y su pueblo, el último eslabón de
los profetas y apóstoles.:
1) "Cuando Yo te
hable": Dios le llama, le habla, él escucha a Dios, sabe que
el mensaje es para él en primer lugar, está atento.
2) "Abriré tu boca":
Dios le abre la boca, le quita resistencias, le va capacitando, no
es mero instrumento muerto, sino un convencido que no puede callar
lo que ha experimentado, pone en juego todas sus capacidades.
3)
"Tú les dirás": Habla al pueblo de Dios, con palabras, con
gestos, con acciones. Desarrolla una comunicación efectiva, con todas
sus técnicas, para dar un mensaje y suscitar una respuesta.
4) "Así dice el
Señor": No habla en nombre propio, sino del Señor; no se presenta
a sí mismo, sino al Señor; no conquista para sí o para un grupo, sino
para el Señor. Es servidor y no dueño de la Palabra.
¿Qué nos dice ésto?
Repetir la frase para
sí mismo. Luego decírsela al vecino. Finalmente a su grupo. Comentar
su experiencia de comunicación de un mensaje. Y hacer oración espontánea.
PRIMERO VEAMOS:
¿Qué significa leer? ¿Qué diferencia habrá entre leer
en público una obra literaria cualquiera y leer la Palabra de Dios?
¿Qué diferencia hay entre leer un informe público y proclamar la Palabra
de Dios en la asamblea litúrgica? ¿Supone alguna diferencia en la
forma de leer? ¿Qué relación hay entre leer y escuchar? ¿Cuál es la
diferencia entre oír y escuchar?
Leer es dar vida a un
texto; dar voz a un autor; decir un mensaje vivo, que produce apelación,
crisis, comunicación. Comunica espíritu, da vida a la palabra, da
expresión; no es letra neutra, ni teatro.
Leer la Palabra de Dios
no es una mera fuente de enseñanza, ni evocación de hechos pasados,
ni una fase preparatoria de la liturgia. Es presencia eficaz del Misterio
de salvación.
Ser lector es un servicio
a la Palabra de Dios. No sustituye a Dios, sino le sirve.
AHORA PENSEMOS:
En el siglo II San justino afirma que en la asamblea
dominical "se hace la lectura de las Memorias de los Apóstoles
y de los escritos de los profetas, mientras el tiempo lo permite.
Cuando el lector ha terminado, el que preside dirige la palabra para
amonestar y exhortar a la imitación de aquellos buenos ejemplos"
(Apología I, 67).
La Iglesia continuaba
así el uso de las sinagogas judías (cf. Lucas 4,16-22). De ser un
servicio práctico, pronto llegó a ser un ministerio estable. Ya el
papa Cornelio en 251 en su carta a Flavio de Antioquía menciona entre
los grados de la jerarquía eclesiástica de Roma a los lectores (Ep.
ad Fabianum: Eusebio, Hist. eccl 6,33).
San Cipriano (siglo
III) nos dice que se inaugura por una específica bendición del obispo
que parece una ordenación (Ep 29). La "Tradición Apostólica"
de San Hipólito (215) nos describe el ministerio y su rito litúrgico
de inicio, común en oriente y occidente: "el lector es constituido
por el hecho de que el obispo le hace entrega del Libro, ya que el
lector no recibe rito de ordenación" (c.12).
En tiempos de San Gregorio
Magno ya recibían una verdadera ordenación. Dice el Ordo Romanus 35
que si un padre de familia destina a uno de sus hijos al lectorado,
comience por darle la instrucción suficiente, y luego lo proponga
al papa para la ordenación; el papa le señala un día para que haga
la lectura pública en la vigilia de la noche a fin de que se puedan
evaluar sus capacidades; si el juicio es positivo, el papa bendice
al muchacho y con el rito propio en la celebración de la comunidad
lo constituye lector.
Se confería a jóvenes
y adolescentes en razón de su voz fuerte y clara, por su flexibilidad
para mejorar, y porque aún no afecta su sencillez el respeto humano,
el miedo o las experiencias negativas, lo cual hace que expresen el
texto en el tono justo, y para abrir espacios de participación a los
jóvenes.
Tenían una escuela de
preparación, estudio y espiritualidad. En general, casi conocían de
memoria toda la Biblia, eran los custodios de los Libros sagrados
y de los archivos en que se conservaban, eran los catequistas particulares
de los catecúmenos, y muchas veces los escribanos de los obispos.
Dice el Ambrosiaster: "Los lectores pueden ser considerados pastores,
pues nutren al pueblo de Dios que escucha".
Con el tiempo, el Evangelio
se reservó al diácono o al presbítero, la epístola al subdiácono,
y los lectores salieron sobrando en las misas privadas, quedando sólo
como una función nominal y un grado inferior de la jerarquía reservado
a los candidatos al presbiterado y conferido como una etapa hacia
el sacerdocio ministerial.
Vamos a buscar en los
documentos oficiales de la Iglesia lo que dice acerca de este ministerio
(se distribuyen por grupos o binas):
- Constitución del concilio
Vaticano II "Sacrosantum Concilium" sobre la Sagrada Liturgia
(SC) números 24, 29, 35, 51, 56.
- Ordenación general
del Misal Romano (OGMR, edición 1975) números: 9, 34, 66-68, 148-152,
272.
-
Documentos de la III Conferencia Episcopal Latinoamericana (DP) números:
929, 946.
-
Ordenación General de las Lecturas de la Misa (OLM) números: 51-55.
-
Motu Proprio de Pablo VI "Ministeria Quaedam" (MQ) n. V.
Plenario.
Conclusiones:
La Iglesia confía el
importante acto de proclamar la Palabra de Dios a un ministro eclesial
llamado lector.
Es un laico que sabe
proclamar la Palabra de Dios, con conocimiento y unción. Forma parte
de la asamblea y de los actores de la celebración, por tanto, está
en el equipo de liturgia. Si los diversos sectores de la comunidad
están representados, aparece mejor el rostro de la comunidad.
Como todo actor de la
celebración, debe promover la participación consciente y activa. No
es sólo una persona que hace el servicio de leer un texto, sino es
un ministro de la Iglesia, que anuncia la Palabra de Dios en la comunidad,
y por eso la proclama en la asamblea litúrgica. De ordinario se elige
a quien ya trabaja en la comunidad en la catequesis, el consejo, la
promoción bíblica, la evangelización, la defensa de la fe, etc.
Tiene el carisma de
proclamar la Palabra ante la asamblea reunida, con claridad y veneración,
de modo que llegue convenientemente a los oídos y el corazón de los
presentes.
No basta la habilidad
natural o adquirida de dar vida a un texto al leerlo. En su vida diaria
ha de ser testigo del texto que proclama. Tiene amor a la Escritura
y se prepara. Es maestro que alimenta y sostiene la fe de los creyentes,
iluminando las situaciones históricas y concretas con la luz de la
Palabra de Dios. Es contemplativo, dócil al Espíritu Santo.
Por
eso se le piden las siguientes capacidades:
a) Buena voluntad, humilde
y generosa, en el deseo de servir a Dios y a la comunidad.
b) Animado de amor a
los hermanos y del aprecio de una celebración devota y armoniosa.
Eso le da paciencia, perseverancia y convicción en el esfuerzo por
prepararse mejor.
c) Aprecia la oración
de la Iglesia, como búsqueda de la voluntad de Dios y compromiso por
realizarla.
d) Sentido de lo sagrado,
del respeto reverencial a Dios, del sentido del gesto y de la expresión
de los signos, ya que la Iglesia encuentra y expresa la presencia
y acción de Dios a través de esas realidades sensibles.
e) Comprender la Misa
y vivir el Misterio Pascual.
LUEGO ACTUEMOS:
¿Qué diferencia hay entre un ministerio y un servicio?
Todo ministerio es un servicio, pero no todo servicio es ministerio.
El ministerio es un
servicio en un área importante de la misión de la Iglesia (anunciar
la Palabra, celebrar el culto, organizar la caridad, formar la comunidad),
realizado de modo más o menos permanente (no ocasional ni eventual),
por parte de una persona que tiene la adecuada cualificación y capacitación,
y que ha recibido una encomienda pública por parte de los responsables
de la Iglesia con un compromiso de cierta permanencia, conferida a
través de un rito litúrgico, y que la comunidad cristiana experimenta
y reconoce.
El ministerio se ejerce
en la vida ordinaria de la comunidad; el servicio, en un acto concreto
y pasajero. Lo mejor es que quien ejerce el servicio en la celebración
sea quien de ordinario ejerce el ministerio en la vida de la comunidad.
Funciones
del ministro lector en la comunidad:
1) Proclamación de
las Lecturas en la asamblea litúrgica. Para éso el obispo le entrega
el Libro santo diciendo: "Recibe el Libro de la Sagrada Escritura
y transmite fielmente la Palabra de Dios para que arraigue y crezca
vigorosamente en el corazón de los hombres". Supone la capacitación
necesaria para la comunicación de un mensaje, la consciencia de ser
portador de la Palabra, profeta de quien Dios se sirve para despertar
la fe, y la posibilidad de hacer una buena monición que ubique la
Lectura en su contexto histórico, literario, litúrgico o espiritual.
Donde no hay sacerdote, puede presidir las Celebraciones de la Palabra.
Capacita a otros jóvenes para que sean lectores, primero como servicio
y luego como ministerio.
2) Organizar la evangelización
y formación en la fe de la comunidad. Cuida de la preparación
de los fieles para que comprendan la Palabra, aplica el Evangelio
a las situaciones de vida, y educa a la vida sacramental evangelizada.
Sostiene, pues, iniciativas que apoyen la formación en la fe de niños,
adolescentes, jóvenes y adultos, ancianos y enfermos, personas que
se preparan a los sacramentos, agentes de religiosidad popular, comunidades
de escucha, grupos de evangelización, círculos bíblicos, visiteo familiar,
defensa de la fe, etc. Es un testigo, maestro y educador que orienta
y guia a los catequistas más jóvenes y coordina sus actividades. Se
realiza en plena comunión con los pastores.
Cada uno redacta
una solicitud en la cual pide ser admitido como Lector de su comunidad,
indicando sus compromisos y los apoyos que espera. Pueden pedir consejo
a otros, o discutir en grupos la conveniencia o los inconvenientes
que haya.
ORACION FINAL:
Ante el crucifijo cada uno hace entrega de su carta.
EXAMEN
O EVALUACION:
Ubicar la Lectura en
la celebración y el tiempo litúrgico.
Tener sentido del Misterio
celebrado.
Comprender y vivir el
texto, y transmitir fiel y eficazmente su contenido.
Conocer las celebraciones
litúrgicas (Misa, sacramentos, liturgia de las horas) y su estructura
(ritos iniciales, Liturgia de la Palabra, liturgia sacramental, ritos
de conclusión).
Conocer los tiempos
litúrgicos y su carácter peculiar. Conocer el sentido de las fiestas
del Señor, de María y de los santos.
Saber la estructura
y partes de la Liturgia de la Palabra.
Conocer el Leccionario
y saber manejarlo (saber el ciclo dominical y semanal, la estructura
del libro).
Realizar dignamente
los movimientos litúrgicos (inclinaciones, genuflexiones, signaciones,
etc.).
Es un verdadero ministerio
eclesial, y no sólo un servicio ocasional. Supone vida de servicio
a la comunidad en cuanto a la evangelización.
Coordinarse con los
demás actores de la celebración, sobre todo el presidente de la asamblea
y el animador. Participar con los demás lectores en un curso.
En el marco de la liturgia y de la nueva evangelización.
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