
El Evangelio de San Lucas
Tema I
Introducción
Hoy ha llegado la salvación a esta casa, pues el Hijo del
hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido (Lc 19, 9-l0). Jesús dirigió
estas palabras a un pecador público, a un hombre despreciado, a un explotador de la
gente sencilla. En ellas se encuentra el mensaje de misericordia y comprensión que
proclama el evangelio de Lucas, en el cual la cercanía de Jesús a los enfermos, a los
pecadores y a los despreciados revela el rostro misericordioso de Dios y su amor
entrañable a todos los que están alejados de Dios. Es el evangelio de la misericordia,
en el que la buena noticia de la salvación se ofrece a todos los que, como el hijo
pródigo, se creen indignos de tan magnifico don; buena noticia para los hombres
cansados y agobiados, desanimados y abrumados de todos los tiempos.
1. Lucas y su
comunidad
La comunidad a la que Lucas dirige su evangelio pertenece a la
segunda generación cristiana y vive inmersa en el contexto cultural y político del
imperio romano. Es una situación nueva en la que se plantean nuevos problemas y aparecen
nuevas perspectivas. El evangelista intentó responder a ellas volviendo a contar la
peripecia histórica de Jesús (Lc) y de la Iglesia naciente (Hch).
La comunidad de Lucas mira a la cultura helenística y al
imperio romano con nuevos ojos, porque vive en medio de ellos y en diálogo con ellos. El
mismo evangelista, que escribe en un griego culto, al estilo de los historiadores de la
época, y que busca conexiones con la historia pagana (Lc 2, 1-2; 3 l) o los poetas
griegos (Hch 17, 28), es un ejemplo de esta nueva sensibilidad. La meta última de su obra
en dos volúmenes (Lucas-Hechos) son los extremos del mundo (Lc 24, 47; Hch 1, 8).
La situación interna de la comunidad es también nueva.
Comienzan a estar lejos los ímpetus iniciales, el anunciado regreso del Señor parece
retrasarse, y el peligro de acomodarse a este mundo se hace cada vez mayor. Aparece la
tentación de la rutina, de aferrarse a los bienes de este mundo y de olvidar las
exigencias radicales del seguimiento. Es una comunidad que necesita ser invitada a la
conversión, y para ello nada mejor que recordar las palabras y la vida de Jesús.
Tradicionalmente el tercer evangelio y el libro de los Hechos se
han atribuido a Lucas, un discípulo de Pablo (Flm 24; Col 4, 14; 2 Tim 4, 11), pero las
diferencias entre las cartas paulinas y el libro de los Hechos hacen dudosa esta
relación, al menos estrecha, entre Pablo y Lucas. Del autor podemos decir que no fue
testigo ocular de los hechos que relata, porque tuvo que informarse de quienes lo fueron
(Lc 1, 2-3). Tampoco conocía bien Palestina, pues sus conocimientos sobre la geografía y
las costumbres judías son imprecisos y a veces erróneos. Se trata de un cristiano
educado en ambientes helenistas, que conoce la literatura de su época y redacta muy
bien en griego. Pero al mismo tiempo maneja con soltura el Antiguo Testamento y se siente
heredero de las promesas hechas a Israel (Lc 1, 47-55.68-79). Vivió en la segunda mitad
del siglo I, y compuso su obra entre los años 80 y 90 d. C.
2. El mensaje de
Lucas
Lucas intentó responder a esta situación que vivía su
comunidad desde el misterio de la pascua de Jesús, aclarando cual era el sentido de la
historia, qué papel juega Jesús en ella, y cómo debe ser la vida cotidiana de los
discípulos.
Desde la perspectiva de Lucas la historia no es sólo una
sucesión de acontecimientos, sino el espacio donde se realiza el plan de Dios. Este
plan consiste en salvar a los hombres (Lc 1, 47.51-55.68-79; 2, 11), y por eso la
historia puede entenderse como una historia de salvación. Es evidente el interés de
Lucas por conectar los principales momentos de la vida de Jesús con la historia de su
tiempo (véase Lc 2, 1-2; 3, 12). Lucas quiere hacer ver el alcance universal de la
salvación divina, y subrayar que la salvación de Dios está en Jesús y no en Roma. En
esta historia de salvación Lucas distingue tres fases: el tiempo de la preparación
(Israel), el centro del tiempo (Jesús) y el tiempo de la misión (Iglesia). El tiempo de
Israel comienza con la historia del pueblo elegido y llega hasta Juan Bautista (Lc 16,
16). El tiempo de Jesús es el espacio en el que se manifiesta la salvación de una
forma ejemplar; por eso su ministerio está libre de la actuación de Satanás (Lc 4, 13;
22, 3), e inundado por la presencia del Espíritu (Lc 3, 22; 4, 18). Finalmente, el tiempo
de la Iglesia comienza cuando Jesús desaparece de la historia (Lc 24, 50-53; Hch 1,
9-11); es el tiempo de la misión, que consiste en ofrecer la salvación a todos los
hombres.
Jesús es el centro de toda esta historia. En él se ha
manifestado plenamente la salvación de Dios (Lc 19, l0; Hch 4, 12). Lucas contempla y
transmite a su comunidad la riqueza del misterio de Jesús: él es el Mesías (Lc 9, 20),
el Señor (Lc 7, 13.19), el Hijo de Dios (Lc 1, 35) el Profeta (Lc 7, 16); pero es sobre
todo el Salvador, como anuncia el ángel a los pastores (Lc 2, 11). La salvación que
trae Jesús se manifiesta en expresiones sencillas de amor hacia los pecadores (Lc 7,
36-50; 15, 1-32; 19, l-10), las viudas (Lc 7, 11-7) y los extranjeros (Lc 7, 9 -10). Esta
cercanía de Jesús con los desheredados y alejados revela expresivamente la
misericordia de Dios y su compasión. El Dios que se revela en Jesús es un Padre lleno de
ternura y solicitud hacia todos sus hijos, especialmente hacia aquellos que se han ido
de la casa (Lc 15, 11 32), o están perdidos (Lc 19, 9-10). Por eso su amor llega hasta el
extremo y la salvación se hace plena cuando Jesús, siguiendo el plan de Dios (Lc 9, 22;
17, 25; 24, 26), entrega su vida y resucita, Desde entonces él es el único que puede
ofrecer la salvación a todos los hombres (Hch 4, 12).
Los que quieren participar de esta salvación deben de hacerse
discípulos de Jesús. El relato de la vocación de Pedro (Lc 5, 1-11) es un buen ejemplo
de la conversión que exige el discipulado: hay que reconocer el propio pecado (Lc 5, 8;
Hch 2, 38), y hay que renunciar a los bienes de este mundo, que son un gran obstáculo
para seguir a Jesús (Lc 6, 20-26; 12, 13-21; 14, 33; 16, 13; 18, 22). Son muchas las
dificultades que acechan a los discípulos y los hacen abandonar el camino, o quedarse
inactivos en él, como la semilla que no da fruto (Lc 8, 9-15).
3. Composición y
división
Cuando Lucas compuso su evangelio existían ya otros relatos
similares (Lc 1, 1). Lucas los tuvo presentes y tomó de ellos, y de la tradición oral
transmitida por los testigos oculares (Lc 1, 2), todo lo que podía servirle para
escribir una exposición ordenada de aquellos acontecimientos (Lc 13).
Lucas conoció el evangelio de Marcos, al que sigue muy de
cerca. Pero además conoció una colección de dichos de Jesús, también conocida y
utilizada por Mateo, y una serie de relatos y parábolas que sólo conocemos a través
de su evangelio (el hijo de la viuda de Naín, la parábola del hijo pródigo, los
discípulos de Emaús, etc.). Sin embargo, no se limitó a copiar todas estas fuentes y
tradiciones, sino que introdujo en ellas algunas modificaciones, que revelan una visión
propia del misterio de Jesús. Su deseo fue componer una exposición ordenada (Lc 1, 3), y
el resultado es una obra bien estructurada en la que aparecen con claridad las diversas
etapas del ministerio de Jesús.
El evangelio de Lucas puede dividirse así:
INTRODUCCIÓN (Lc 1,
1-4)
I. PRESENTACIÓN DE
JESÚS (Lc 1, 5-4, 13)
1. Anuncio del nacimiento de Juan y Jesús (Lc 1, 5-56)
2. Nacimiento de Juan y Jesús (Lc 1, 57-2, 52)
3. Primera actividad de Juan y Jesús (Lc 3, 1-4 13)
II. ACTIVIDAD DE
JESÚS EN GALILEA
(Lc 4, 14-9 50)
1. Manifestación y rechazo de Jesús (Lc 4, 14-6 11)
2. Enseñanzas y milagros de Jesús (Lc 6, 12-8 56)
3. Revelación a los discípulos (Lc 9, 1-50)
III. VIAJE A JERUSALEN
(Lc 9, 5l-19 28)
1. Seguimiento y confianza en el Padre
(Lc 9, 51-13, 21)
2. El banquete del amor (Lc 13, 22-17, l0)
3. La llegada del reino (Lc 17, 11-19, 28)
IV. ACTIVIDAD DE
JESÚS EN JERUSALEN
(Lc 19, 29-21, 38)
1. Entrada en el templo (Lc 19, 29-46)
2. Controversias con los jefes de Israel
(Lc 19, 47-21, 4)
3. Discurso escatológico (Lc 21, 5-38)
V. PASIÓN Y
RESURRECCIÓN DE JESÚS
(Lc 22, 1-24, 49)
1. Pasión y muerte de Jesús (Lc 22 1-23, 56)
2. Resurrección y manifestación de Jesús
(Lc 24, 1-49)
Conclusión (Lc 24, 50-53)
En la introducción el autor explica los motivos que lo han
movido a componer un nuevo relato acerca de Jesús y el método utilizado.
En la primera parte el autor va colocando en paralelo la
infancia y primera actividad de Juan Bautista y de Jesús para destacar la superioridad de
Jesús y el paso del tiempo, de Israel (Juan) al tiempo de Jesús.
La segunda parte describe la actividad de Jesús en Galilea. A
través de sus palabras y acciones en el misterio de su persona se va descubriendo a
Israel.
Aunque muchos lo rechazan, algunos deciden seguirlo como
discípulos.
La tercera parte, el viaje a Jerusalén, constituye el centro
del evangelio. En ella se encuentra una extensa catequesis sobre diversos aspectos de la
vida cristiana. Jesús se dirige a sus discípulos en el camino que conduce a la cruz,
preparándolos para que vivan y anuncien el evangelio después de la Pascua.
La cuarta parte se desarrolla en templo de Jerusalén. Contiene
la última advertencia a Israel para que se convierta.
La quinta parte contiene el relato de la pasión y la
resurrección de Jesús. Desde el punto de vista de Lucas, este es el momento central de
la historia de la salvación: hacía él tiende
el tiempo de Israel y de Jesús, y de él nace el tiempo de la Iglesia.
La conclusión al mismo tiempo una transición al libro de los
Hechos, que comienza como termina el evangelio; narrando la ascensión de Jesús.
Tema 2
El Hoy de la Salvación
El Evangelio presenta una cita programática de lo que será la actividad y misión de
Jesús, citando al profeta Isaías: Lc 4, 16-20. Y
el culmen viene en el v. 21 Hoy se ha cumplido ante ustedes esta profecía.
El todo es encuadrado en una anotación histórica: según su costumbre...
(4,16). Jesús se presenta a través de Isaías. El Espíritu Santo que lo ha consagrado
con la unción bautismal también lo empuja al cumplimiento de su misión, sobre todo a
evangelizar a los pobres, como lo hará explícitamente más adelante (6,20) y
como ha sido anticipado, en las personas y en las palabras, en los misterios de la
infancia, y además, proclamará a los prisioneros la liberación, como
también, pondrá en libertad a los oprimidos (cf. Is 58,6, de donde son
tomadas estas palabras). La referencia histórica es el retorno del exilio,
pero el trasfondo teológico, es la proclamación del año de gracia del Señor,
es decir, el año jubilar en el cual eran canceladas las deudas y la libertad era dada a
todos los esclavos (cf. Lv 25,8-17.23-25; Jr 34,8-22). En este sentido la enumeración de
los pobres, los prisioneros, los ciegos y los oprimidos, quiere indicar la totalidad y
universalidad de la remisión.
Pero, ¿quién es aquél que proclama
inesperadamente la liberación plena?.
Por tanto, Jesús, al aplicarse a sí mismo Isaías, proclama un
año de gracia definitivo, y al mismo tiempo, se presenta por solidaridad como el pariente
más próximo que libera personas o propiedades, o que venga la vida que ha sido quitada
injustamente (Lv 25, Nm 35,14ss); es lo mismo que Dios ya había hecho liberando a su
pueblo de la esclavitud, de la cautividad o de la muerte (Ex 6; Is 2; Os 13,14).
Y Jesús saca la conclusión: Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestras
orejas (Lc 4,21).
La Escritura no tiene importancia para Lucas como testimonio
histórico del pasado, sino como palabra profética y como promesa salvífica. Y su
proclamación no es solamente una noticia de salvación, sino es ya cumplimiento de la
promesa y por tanto es salvación. Y la proclamación evangélica abraza hechos y palabras
(cf. Hch 1,1) que se iluminan mutuamente. Se podría citar medio evangelio, relatos y
parábolas para confirmar esta oferta evangélica, generosa y gratuita por
parte de Jesús: las historias de la pecadora, de Zaqueo, de Leví, las parábolas de los
deudores (7,41-42), del pastor y de la mujer, del padre y los dos hijos (c. 15)... y los
últimos instantes de Jesús sobre la cruz en su actitud hacia aquellos que lo
crucificaban o hacia los malhechores. Y es el perdón que Jesús dejará a los
suyos como testamento misionero para proclamar hasta los confines de la tierra (24,47; cf.
Hch 1,8).
...en sus oídos.
El tema de la palabra de Dios y de su escucha es un tema que le gusta a Lucas. Mientras los ojos de todos estaban fijos sobre Jesús, la
Escritura se cumple en los oídos de los presentes y las palabras del
mensajero de gracia salen de su boca (4,20-22).
Hoy se ha
cumplido.... Son sin duda las palabras más incisivas del comentario de Jesús
al profeta. El hoy en Lucas se presenta como un fuerte momento teológico e histórico:
está en la base de una teología del tiempo y de la historia connatural en su
concepción. La presencia y proclamación de Jesús son el afirmarse de la promesa de Dios
en el tiempo de Dios. Lucas se había propuesto tratar en favor de Teófilo los hechos cumplidos entre nosotros
(1,1), y el hecho esencial es propiamente Jesús, aparecido cuando se cumplieron los días
(cf. 2,6). Así ahora un anciano, que vivía de esperanza, podía bien irse en paz porque mis ojos han visto tu salvación
(2,29-30).
Desde entonces su madre será dichosa (1,48); desde entonces sus
amigos cambiarán de oficio (5,10); este año
de gracia tiene su hoy, es decir, el
día del nacimiento de aquél que en Nazaret lo proclamará a todos; el hoy en el cual la
plenitud de la promesa es cumplida (4,21); el hoy
en el cual los hombres en el contemplar su actividad liberadora comienzan a ver
cosas que tienen paradoja (5,26: eidomen paradoxa semeron); es el hoy en el cual Jesús debe caminar no
obstante todas las amenazas (13,33) -he aquí que la teología
del tiempo se entrecruza con la teología
del camino, no menos importante en Lucas-; el hoy en el cual Jesús debe habitar en las casa de
los hombres, aunque estén sellados como pecadores, porque en aquel hoy llegaba con él la salvación a aquella casa
(19,5.9).
Sin embargo, el hoy de
los hombres, aunque sean también tan íntimos amigos como Pedro, puede ser el momento de
la infidelidad (22,34.61); pero la oración siempre será vigilante (22,32) y la mirada
del Señor (22,61). No falta jamás para ninguno, aún en las horas más negras de una
vida ya ensombrecida, un hoy de salvación:
En verdad te digo, hoy estarás conmigo
en el paraíso (23,43).
Este hoy, insertado en
el año de gracia, constituye el corazón de lo que se ha llamado el tiempo de
Jesús, el centro del tiempo (Conzelmann), concebido sobre todo en
íntima relación con el período precedente, es decir, con lo que es llamado el
tiempo de Israel, el cual está en continuidad, pero sobre todo en contraposición
al verdadero tiempo de salvación, es decir, al centro del tiempo, al tiempo de Jesús.
Este tiempo de Jesús, después, anticiparía el tiempo de la Iglesia, con el
cual habría elementos comunes, pero también aspectos esencialmente divergentes, primero
que todo la inactividad (cf. Hch 3,21) de Jesús, sustituida por el Espíritu
-no más, sin embargo, el don soberano de los tiempos mesiánicos- así que la vida de
Jesús es considerada como historia pasada, encerrada en sí.
Esta concepción difícilmente encuentra apoyo en los textos
adoptados (particularmente en Lc 16,16)) y si se encontrara sería ocasión de una
concepción bien diversa de la vida cristiana y de la historia de la salvación. Ahora, en
Lc 16,16 leemos: La Ley y los Profetas hasta Juan; desde entonces en adelante es
anunciado el reino de Dios y cada uno se fuerza por entrar. Sin entrar en los detalles, el
texto habla de dos y no de tres períodos: el período de la Ley y de los Profetas,
y el período de la proclamación del reino. Ley y Profetas no son simplemente
para Lucas una dimensión histórica pasada, el pueblo de Israel en su realidad étnica o
política, sino profecía y promesa abierta hacia el futuro y exigente de un cumplimiento.
Y la predicación del reino no se limita a la actividad de Jesús, sino que Lucas tiene
cuidado de notar su continuidad, aunque se puedan indicar esfumaturas diferenciales, en el
tiempo de la iglesia, es decir, desde el inicio de los Hechos (1,3: Jesús habla con los
suyos de las cosas que concernían al reino de Dios).
Por tanto, el tiempo de la promesa está todo orientado hacia el
tiempo de Jesús, y éste sería mutilado sin la promesa; y por otra parte, tiempo de
Jesús y tiempo de la Iglesia son inseparablemente
tiempo de salvación, y Jesús está siempre en el centro, sólo que desde la Ascensión
ejercita su señorío por medio del Espíritu Santo. La obra lucana no autoriza, como más
de una vez se ha intentado en la historia, un tiempo del Espíritu Santo,
ambiguo y caprichosamente independiente.
Características del hoy lucano
Hasta aquí, podemos mencionar algunas
características del hoy lucano:
- Centralidad:
el "hoy" de la salvación es la palabra divina por excelencia: Jesucristo. Solo
en él convergen todos los "hoy" del pasado y se justifican todos los
"hoy" futuros. Jesús es para siempre el centro de la historia de la salvación.
- Novedad.
Si comparamos a Jesús con el Bautista vemos que pertenecen a dos tiempos completamente
diversos. Juan es solo el anunciador de la salvación, mientras que Jesús es el portador
de ella.
- Continuidad.
El "hoy" de Jesús es la reedición del deuteronomista. Este hoy está en línea
de continuidad con el pasado. Hoy, también Jesús proclama nuevamente el mensaje de
Isaías. Este es hoy el compromiso de Jesús, y lo hace saber a los presentes reunidos en
la sinagoga de Nazaret. A partir de ahora Jesús orientará su camino hacia Jerusalén; es
allí donde él debe consumar su obra; pero su mensaje seguirá siendo proclamado por los
apóstoles aún fuera de los confines de Israel.
- Carácter
positivo del "hoy" lucano. En el "hoy" lucano no se expresa la
idea de condena, de amenaza. Sólo habla de salvación (Lc 2,11; 4,21; 19,9), de paz o de
paraíso (19,41-42; 23,42-43). Se pone en evidente contraste con otros textos que hablan
del "día del Señor", por ejemplo, con Jl 4,12-16.
- El
"hoy" de Jesús es el tiempo de la liberación. No de una liberación
genérica, sino concreta, cuyos destinatarios son los pobres, los humildes, los oprimidos,
los que viven al margen de la sociedad. La misma idea en Lc 1,48.51-54; 6,20.24; 7,22.
- El
"hoy" de Jesús es también el tiempo de la esperanza y del gozo (Lc 2,9-11;
19,5-6; [cf. Lc 1,42-45; 19,37-38; 24,52-53]). Jesús
aparece y desaparece, en el escenario de Lucas, bajo el signo del gozo.
Tema 3
El camino de Jesús
Pero el caminar con Jesús, el seguir su camino, el ir detrás
de él llevando, si es necesario, su cruz (cf. 23,26, dif. en Mt y Mc) conlleva exigencias
totales y no se puede comprender sino sobre la base de un íntimo conocimiento de Jesús y
de su misión. Jesús mismo nos ha descubierto en el momento culminante de la última
Cena, el sentido profundo y cristológico de su servicio: El está en medio a los suyos
como aquél que sirve (22,27), él, el maestro, el profeta, el Hijo del hombre, el Señor.
Sólo por una ingenua confusión y bajo la fascinación de las bellezas artísticas y de
la exquisita sensibilidad de Lucas se olvida frecuentemente su radicalismo absoluto en las exigencias de la vida
cristiana, para nada inferiores a lo que propone Mt o Mc. No es que él se goce en el
desarrollar algún espejo de virtudes cristianas, sino que presupone que cada momento
existen exigencias concretas a los cristianos: un retorno del Señor, que ciertamente
tendrá lugar, pero que aún tarda, no puede crear el grandísimo peligro de una
experiencia paralizante.
Y estas exigencias se extienden por todos los campos de la
responsabilidad humana y cristiana. Son notorias las insistencias lucanas sobre el
desprendimiento del dinero y de los bienes terrenos, sobre su distribución y
participación común, ya en la vida del Maestro, y después en la nueva comunidad. La
oración, un tema también marcadamente lucano, debe llegar a una suma pobreza espiritual
que, olvidada de sí, se hace toda alabanza a Dios, oración radical que pone en su centro
también los enemigos y no pierde su carga escatológica, equilibrada con el ansia de
libertad y franqueza para proclamar la salvación en el nombre de Jesús.
Y a estos aspectos, que revelan la profunda transformación
requerida por la conversión y aceptación del mensaje, se añade el radicalismo en el
seguimiento de Jesús, muchas veces formulado en los evangelios, pero con radicalidad
absoluta, como quizá no se encuentra en otros pasajes lucanos, por ejemplo, en la
perícopa de 14,25-35, que sigue el ya mencionado simposio lucano, y es
dirigida a la muchedumbre que caminan junto a él, y hacia los cuales Jesús
se vuelve para invitarles a seguirlo: las exigencias son duras, pero quien no las cumple,
no puede ser mi discípulo (vv. 26.27.33). En ninguna parte se habla con tanta
seriedad del seguimiento de Jesús; Jesús espera un ligamen radical y sin compromisos a
su persona, tan estrecho que no deje ningún espacio para las relaciones naturales, ni por
los intereses innatos y más personales.
Y de hecho, en el pasaje de aquellos que se ofrecen seguir a
Jesús (dos candidatos en Mt 8,18-23; tres en Lc 9,57-62), el dicho provocante Deja
que los muertos entierren a sus muertos, el autor del tercer evangelio agrega una
palabra clarificante: tú ve y anuncia el reino de Dios (9,60). Es así
preanunciado el encargo misionero que se convierte en responsabilidad personal -y que
constituirá el tema esencial en los Hechos-, y la urgencia de esta proclamación, es
decir, el nuevo valor del tiempo, componente esencial de la historia,
que ocupa apasionadamente las reflexiones de Lucas.
Esta responsabilidad personal no se rehace sólo a la vida de
Jesús como algo ya acaecido: Jesús
responsabiliza a sus discípulos, y para nosotros prolonga en el presente su acción
para la aplicación y actualización de la palabra. Ningún evangelista lo hace con tanta
fuerza como Lucas. La parábola del sembrador es interpretada en clave de los problemas
presentes, como también la proclamación del evangelios a los pobres; se tiene que llevar
la cruz cada día (9,23); se necesita
enriquecerse para Dios y no acumular tesoros para sí mismo (12,21); se debe discernir el
instante presente (12,54); no basta una acción realizada una vez para siempre para
heredar el reino (cf. 18,18 y 10,25), sino que se requiere una realización perenne, sin
fronteras, del amor en medio de la propia vida, en la circunstancia histórica de cada uno
(cf. 10,25-37).
Y si Lucas, con profundo sentido eclesial, pretende dar a
Teófilo certeza que la enseñanza de su tiempo corresponde al mensaje de Jesús, es para
empeñarlo siempre más a fondo en la vida cristiana, no obstante el tiempo que, desde los
eventos iniciales, ha transcurrido y aún continúa pasando. Se ha dicho que Lucas ha
prensado la escatología e introducido en su lugar una sucesión histórica hoy llamada
historia de la salvación. Es una concepción que no encuentra justificación
en su obra. Si contra el entusiasmo de algunos Lucas introduce un elemento de moderación
contra una espera inminente de la parusía, no por esto él elimina los elementos
escatológicos: al contrario, a veces los introduce. Y si para él claramente el tiempo
de la Iglesia es el tiempo de los últimos días (Hch 2,17), también la
presentación lucana del tiempo de Jesús es fuertemente escatológica; con
mayor razón la misma infancia de Jesús es por él leída escatológicamente.
Ni se puede decir que el retardo de la parusía es el motivo
último que lo decidió a escribir, como frecuentemente se repite. El intento de Lucas es
el de dar una valoración positiva del tiempo y de la historia, no por un
historicismo positivista que arrancaría todo sentido salvífico al tiempo de Jesús y al
tiempo presente; ni, como algunos hoy prefieren, por un existencialismo que terminaría
por cancelar la historia. En suma, Lucas no
ha debido negar la historia, ni ha hecho que la escatología la devore. Al contrario,
Lucas ha iluminado la plenitud de su realidad con la iluminación que procede del Señor
Jesús y del Espíritu. Historia e historia de la salvación conviven sin anularse.
Y es aquí que Lucas coloca al hombre: en la historia, en su
tiempo, que es el tiempo de Dios, para que tome sus responsabilidades. Camino
y tiempo s reencuentran. El hoy y el
ahora lucanos constituyen el año de
gracia del Señor (4,19) pero, como Jesús, es necesario que hoy, mañana y el
día siguiente (el cristiano) vaya por el (su) camino (13,13). El reino de Dios no
debe buscarse en signos espectaculares, sino
en medio de la historia y de los hombres (cf. 17,21). El fruto viene abundante con la
paciencia (8,18), sin nostalgia del pasado, ni del tiempo de la presencia
física de Jesús: son nuevos modos de presencia por experimentar, el que la experiencia
personal se une a la fe apostólica (cf. 24,13-35).
Y cuando en la Ascensión, el Señor se separa de los suyos,
permanece con ellos su bendición, y por tanto, no se quedan tristes, sino con
grande gozo (24,50-51); ellos conservan en el corazón la promesa del Padre, el
Espíritu, y tienen un altísima misión por cumplir: proclamar no sólo los hechos
pasados de la Pasión y Resurrección, sino para el futuro, evangelizar que la
historia de la salvación prosigue. Jerusalén, punto de llegada, se convierte punto de
partida hacia todas las gentes, a las cuales se necesita gritar que la conversión y ele
perdón son las nuevas realidades (24,46-47).
Pero para hacer esto ellos tienen la fuerza de lo alto,
que el Señor exaltado envía sobre su comunidad, y por tanto su tremenda responsabilidad
se siente confortada. Jesús, la salvación personificada de Dios para los
hombres, se toma sus responsabilidades; los suyos, con la palabra y con el Espíritu
de Jesús (Hch 16,7), sabrán a su vez tomar las propias. Los inicios los
encontramos en el libro de loa Hechos, pero la historia está aún abierta: aún el reino
de Dios y cuanto concierte al Señor Jesús no ha sido proclamado hasta los últimos
confines de la tierra (Hch 28,31; 1,8). Por tanto, aún hay que caminar responsablemente,
en la historia, a fin de que toda carne vea la salvación de Dios (Lc 3,6; Is
40,5), hasta que el Señor vuelva (cf. Hch 1,11).
No parece excesivo ver en Lucas un apasionado evangelizador.
Más que Marcos y que Mateo él se preocupa de repetir el contenido de la fe y del
evangelio en diversas categorías de pensamiento. Sobre la huella del apóstol Pablo, Lucas se dirige al grande público proveniente de los
paganos. Dialoga con el mundo griego, se empeña en redactar cuidadosamente su relato para Teófilo (nombre griego).
El camino profético
Lucas presenta la historia como un camino profético y salvador,
programado y dirigido por Dios.
La categoría camino
aparece en Lc-Hch en función de los grandes personajes y de su obra. Así, Juan Bautista
prepara los caminos del Señor (Lc 1,76; 7,27). Se trata de un camino que el
mismo Jesús abre con su vida, recorriéndolo personalmente en su ministerio (Lc 4,30.32;
7,6; 8,1; 9,51.53.56.57; 10,38; 13,22.33; 17,11; 19,28.36; 22,22) y que le lleva a la
resurrección o plenitud de la vida (Hch 1,10.11; 2,28), de acuerdo con el plan de Dios.
Después de su resurrección continúa caminando con sus
discípulos (Lc 24,32) como protagonista del camino de la Iglesia (Hch 18,25). Es un
camino salvador (Hch 16,17), que lleva a Dios. La Iglesia tiene que vivirlo y anunciarlo
(Hch 16,17; 18,26) a todos los hombres. Se anunció a los judíos, pero no creyeron (cf.
Hch 28,26), más bien, lo rechazaron. Por eso Pablo se dirigió a los gentiles (Hch 18,6).
La parusía del Señor Jesús pondrá final a todo este camino de salvación (Hch 1,11).
Etapas del camino
Son fundamentalmente dos, la preparación y el cumplimiento por Jesús. En el cumplimiento se
distinguen dos fases:
- el ministerio terreno
de Jesús
- su actividad como Señor
glorioso
a) Tiempo de preparación:
En el AT todo el camino está determinado por el Padre Lc 2, 49; 4, 24; 13,33; Hch 1,16.21; Juan Bautista
invita a preparar el camino con su mensaje de conversión.
b) La etapa de
cumplimiento
Se cumple con Jesús.
- Ministerio terreno.
Él comienza su camino en Galilea. Desde Galilea se pone en camino (9,51) hacia
Jerusalén. En Jerusalén se consuma su camino que culmina en su exaltación, pasando por
su muerte. El camino termina en la derecha del Padre. Esta meta final coronó
una existencia profética, sacerdotal y regia (cf. Sal 110,1.4).
- Tiempo de Cristo
glorioso. Jesús resucitado continúa ejerciendo como Mesías, Señor y Profeta en el
camino que la Iglesia recorre. Es un camino universal. Este camino de la Iglesia se sitúa
entre la asunción y la parusía del Señor. Este camino de testimonio comprende varios
pasos: Jerusalén, Judea, Samaria y hasta el confín de la tierra (Hch 1,8), pasando así de los judíos a los
gentiles.
Características del camino
a) Animado por el Espíritu, que guía a Jesús y a la Iglesia.
- Es un don que garantiza los pasos del camino de Jesús (Lc
4,1-14; Hch 1,2) y de la Iglesia (Hch 8,29.39; 9,31; 10,19.21.44.45.47; 11,12.15;
13,2.4.52; 15,8.28; 16,6s; 20,23; 21,4.11). El Espíritu es garantía fundamental que
asegura el nexo entre el camino de Jesús y el de la Iglesia.
- La oración es fundamental (Lc 3,21; 5,16; 6,12; Hch 1,14
etc.).
b) Es un camino apostólico. Los Doce, bajo la acción del
Espíritu, son la garantía de la continuidad entre el pasado y el presente de la
salvación realizada por Cristo.
c) Camino recto e imparable. Lucas se sirve de la geografía
para expresar su teología. Desde que Cristo fue rechazado por los suyos, decidió
dirigirse a los gentiles, y ya nada le impidió realizar su misión. También para la
Iglesia, ni las persecuciones pudieron detener el camino.
d) Camino actual. Cada generación tiene su hoy. Lucas descatologiza
varias tradiciones que subrayaban la faceta futura (escatología se refiere al fin del
tiempo, descatologiza es no dejar para el fin del tiempo, sino ahora). Hoy es el tiempo de
conversión; hay que tomar la cruz cada día.
Camino de salvación
La salvación es uno de los temas
más importantes de la teología de Lucas. Jesús es presentado como respuesta a la
aspiraciones íntimas de toda la humanidad. Lucas presenta a Jesús como el cumplimiento
de la salvación prometida por el Padre (cf. Lc 4,21; Lc 7,18-23; Is 58,6; 61,1-2; 26,19;
29,18ss; 35,5s). Jesús mismo sale al encuentro de esos deseos de salvación de parte de
los gentiles.
Tema 4
Jesús y el Evangelio
Lucas
se interesa particularmente en la reacción de los hombres a la predicación. Todos son
pecadores. Su situación es desenmascarada por la Palabra. La reacción adecuada es la
disponibilidad a la penitencia, entendida como don (Hch 5,31; 11,18). La conversión
incluye la voluntad de recibir el bautismo, el perdón de los pecados y la acogida en la
comunidad de la Iglesia.
En el tercer evangelio falta la palabra euvaggelion
(Evangelio), tan gustada por Mc. En compensación, Lucas usa 25 veces el verbo
euvaggelizomai (Evangelización), diez ocasiones aparece en Lucas y quince en Hechos. La obra evangelizadora parte de lo alto. Están
involucrados los ángeles (Lc 1,19; 2,10), está
involucrado Juan Bautista (Lc 3,18) y sobre todo
el Señor Jesús. Su misión es la de evangelizar a los pobres (según las
palabras de Is 61,1 citadas sea en Lc 4,18 que en 7,22).
Jesús andaba por las ciudades y los pueblos predicando y
evangelizando el Reino de Dios (Lc 4,43; 8,1). Los Doce son asociados a su obra
evangelizadora: iban de pueblo en pueblo
evangelizando y obrando curaciones (9,6). Aún en el templo de Jerusalén Jesús
es el que evangeliza (Lc 20,1). Características
subrayadas por Lucas son la humanidad de Jesús, su misericordia y predilección por las categorías débiles: pobres,
pecadores, mujeres, niños... Estos aspectos son evidenciados por algunas parábolas
inolvidables y solamente suyas (el buen samaritano y
el hijo pródigo...).
La dimensión histórica, a la que Lucas se revela
particularmente atento, cruza las dimensiones
espirituales de alabanza, gozo y oración.
En la actividad evangelizadora Lucas ve fuertemente involucrada
la Iglesia primitiva: se involucra a Pedro (Hch 5,42); a los discípulos que, debiendo
abandonar Jerusalén porque eran perseguidos, transforman la situación adversa en
ocasión favorable para difundir por todas partes la Buena Nueva (Hch 8,4; 11,20); al
diácono Felipe (8,12.25); y por tanto, también a Pablo y Bernabé, empeñados en
evangelizar a los judíos de la diáspora (Hch 13,32) y a los paganos (Hch 14,15, etc.).
Lucas no usa el término evangelio, sino que subraya con fuerza
el verbo euvaggelizomai. Es esta la tarea esencial de Jesús como lo será también de los
discípulos. El alegre mensaje será destinado sobre todo a los pobres (Lc 4,18; 7,22), y tiene como contenido el
Reino de Dios.
Lucas presenta a Jesús como profeta; Lucas ha formulado o recogido toda una serie de
títulos cristológicos. Jesús es profeta
(24,19), el salvador (2,11; Hch 5,31; 13,23), santo y justo (Hch 3,14; cf. 7,52; Lc 23,47)
Hay paralelismo entre la actividad de Jesús en el tercer
evangelio, y el ministerio de la Iglesia apostólica en Hch; atención a los gentiles, los
pobres y marginados.
·
Jesús es el portador del Espíritu. Jesús es el
ungido (Lc 4,18) con el Espíritu Santo y potencia (Hch 10,38). Lleno de este Espíritu de Dios Jesús sigue su camino (Lc
4,1.14). Es el evangelio del Espíritu Santo
(1,15.35.41.67; 2,25-27; 3,16.22; 4,1.14.18; 10,21; 11,13; 12,10.12; cf. Lc 1,5-2,52;
3,21s; Hch 1-2). También en Hch, el Espíritu ocupa una posición destacada; mediante su
acción la Iglesia continúa la misión de Jesús.
·
Lucas
escribe el evangelio de la misericordia.
De los sinópticos, sólo Lucas incluye episodios o parábolas como la pecadora (7,36-50),
la oveja perdida, la moneda extraviada y el hijo pródigo (c. 15), la presencia de Jesús
en casa de Zaqueo (19,1-10), los verdugos de Jesús (23,34), el ladrón arrepentido
(23,39-43). Lucas consigna las palabras de Jesús: sean misericordiosos como su
Padre es misericordioso (6,36); Mateo, en cambio, dice: sean perfectos... (5,48).
·
El
perdón de Jesús alcanza a todos los hombres, por eso también es llamado el evangelio de la salvación universal.
Es representativo cómo el árbol genealógico que Lucas presenta de Jesús, lo hace
descender no de David, como lo hace Mateo, sino de Adán, quien lo fue a su vez de Dios.
·
El
evangelio de Lucas es el evangelio de los
pobres. La misericordia de Jesús es orientada en Lucas a los pobres y los
humildes: ésto se observa sobre todo en los relatos de la infancia de Jesús: Zacarías e
Isabel, la pareja estéril; María y José, oriundos de la oscura Nazaret; los pastores de
la comarca; un anciano y una viuda anciana en el templo. La parábola del rico y Lázaro
es exclusiva de Lucas (16,19-31).
·
Es el evangelio de la mujer. Lucas, aunque no
se casó, reconoce a las mujeres un papel más importante que los demás evangelistas. La
razón de ello puede estar en su trasfondo helenístico, donde la sociedad permitía a las
mujeres ocupar puestos más relevantes y públicos que en el judaísmo (Hch 8,27;
16,13-15; 18,26; 24,24).
·
Lucas
escribió el evangelio de la renuncia absoluta. Los discípulos deben dejar
todas las cosas (5,11) para una entrega también exclusiva a Jesús.
Jesús posee el Espíritu, y éste es fuente de gozo y
alegría para todos los que le escuchan. Lucas escribió el evangelio del gozo mesiánico.
Los escritos lucanos se caracterizan por el gozo y el júbilo por la redención que se
preanuncia con el nacimiento del Bautista (Lc 1,14), de Jesús (1,47); gozo de los
discípulos. Más que cualquier otro evangelista, Lucas habla de la admiración de las
muchedumbres que seguía a Jesús (5,26; 10,17; 13,17; 18,43).
·
Jesús orante. La oración adquiere relevancia
cristológica. El don del Espíritu aparece como una respuesta a su oración (3,21). El
desprendimiento y la renuncia son posibles porque Jesús y sus discípulos aparecen
dedicados sin interrupción a Dios en este evangelio de la oración y del Espíritu
Santo. Lucas presenta explícitamente a Jesús en oración antes de cada paso
importante en ele ministerio mesiánico: en su bautismo (3,21), antes de la elección de
los Doce (6,12), antes de la confesión de fe hecha por Pedro (9,18), en la
transfiguración (9,28), antes de enseñar el
padrenuestro (11,1), en Getsemaní (22,41). Jesús era maestro en la oración e insistió
frecuentemente en que sus discípulos también habían de ser hombres de oración (6,28;
10,2; 11,1-13; 18,1-8; 21,36).
También, tanto el evangelio como los Hechos terminan con una
repulsa de Jesús por su propio pueblo, que conduce a una misión apostólica de amplitud
universal.
Tema 5
Jesús y el Reino
La evangelización del Reino de Dios, en la concepción lucana, no es una mera
proclamación del kerygma del primitivo cristianismo, sino la expresión de la
concepción cristológica de la entera historia de toda la salvación. El esfuerzo
redaccional de Lucas ha pretendido con ello servir a la Iglesia de su tiempo y a la de
todos los tiempos, realizando el paso de un concepto de Reino demasiado ligado al tiempo
final concreto a un concepto eminentemente histórico-salvífico, que se despliega
dinámicamente desde la presencia histórica de Jesús hasta el tiempo de la restauración
universal, fijado por el Padre (Hch 3,19-21; Lc 21,29-31).
El relato interpretativo que presenta a Jesús en constante
caminar hacia Jerusalén, a partir del se marchó programático de Lc 4,30,
tiene como objetivo presentar teológicamente al lector cómo Reino de Dios y persona de
Jesús conviven, se explicitan y dan cumplimiento recíprocamente, de forma que no puede
hablarse de Reino de Dios sin Cristo, ni de Cristo sin Reino. Esta identificación
narrativa entre mensaje y mensajero es la razón por la que Juan Bautista no anuncia el
Reino, porque no es el Reino (Lc 3,3 difiere de Mt 3,2).
El camino de subida a Jerusalén (Lc 9,51-19,27) desempeña una
función importante en relación al Reino y su establecimiento (19,11-38). Este relato se
encarga de dejar claro que lo referente a Jesús (Lc 24,27) se identifica con
lo referente al Reino de Dios (Hch 1,3; cf. 28,23.31 donde Reino y Jesús
están en paralelismo). Ser testigo de Jesús (Lc 24,48; Hch 1,8) equivale a dar
testimonio del Reino de Dios (Hch 28,23).
El objetivo de la subida de Jesús a Jerusalén es el
establecimiento del Reino de Dios a través de la exaltación de Cristo, pasando
previamente por la muerte y la resurrección. Según Hch 13,32-37, la dignidad de Jesús
en cuanto Hijo de Dios se manifiesta en su resurrección.
Para Lucas es importante que Jesús no haya sufrido la corrupción, para que así esté en
grado de conceder los dones salvíficos esenciales, el perdón de los pecados y la vida de
resurrección. En efecto, es evidente que la subida a Jerusalén (Lc 9,51-19,27) no
termina con la llegada a la ciudad, sino con el cumplimiento en la Ascensión.
El camino a Jerusalén es camino que esclarecerá la mesianidad
de Jesús y su índole, y, a la vez, es modelo del futuro camino de la Iglesia a través
de los diversos motivos teológicos del relato, conversión, seguimiento y misión.
La narración se abre con el motivo eclesial del seguimiento
(9,57-62) y la misión (10,1-20). La proclamación del Reino de Dios es anuncio acerca de
Cristo mismo. Donde él llega, llega el Reino de Dios a los hombres. Esta presencia del
Reino en Jesús, exige al lector creyente una toma de postura actual. Es ahora cuando
está en juego la futura participación en el banquete del Reino escatológico de Dios (Lc
13,22-30; 14,15-24).
La evangelización del Reino de Dios que comienza con la
autoproclamación mesiánica de Jesús (Lc 4,43), y tiene su continuidad en el constante
caminar itinerante (Lc 8,1), así como en la posterior evangelización del kerygma
cristológico de la exaltación de Jesús (Hch 8,12), narra la consecución de las etapas
de la historia de la salvación en clave de promesa-cumplimiento. A la etapa de la promesa
que llega hasta Juan le corresponde la del cumplimiento dinámico del Reino de Dios (Lc
16,16, hasta su culminación en el momento que tiene fijado el Padre (Hch 1,8).
La entrada de Jesús en Jerusalén (Lc 19,28-40) constituye un
preludio terrestre de la próxima entronización celestial de Jesús, que instaurará el
Reino de Dios.
Lucas entiende la salvación como una realidad que se hace
presente en Jesús. El tiempo de Jesús, el hoy
(Lc 4, 21) es tiempo de la salvación. Jesús, como el centro del tiempo, es
precedido por el tiempo veterotestamentario (del AT)
de la promesa, y seguido del tiempo de la
Iglesia. La garantía de la salvación actual es el Espíritu Santo.
El Jesús lucano inicia su actividad pública en la sinagoga de
Nazaret. Esta concentración de la actividad de Jesús en el territorio judío tiene
relevancia histórico salvífica. La salvación es enviada a Israel y el pueblo es llamado
a decidir. El envío de los 70 discípulos pretende suscitar la impresión que toda ciudad
y toda localidad han tenido la oportunidad de escuchar la palabra (esto lo ilustra con la
parábola de la higuera a la que se le da otra oportunidad para dar fruto 13,6-9).
En la discontinuidad se conserva la continuidad. En los Hch es
posible distinguir aún tres estadios.
- El primero concierne al trabajo misionero de los apóstoles, que
corresponde exclusivamente a Israel. En tal modo ellos prosiguen la actividad de Jesús.
Pero los israelitas no son sólo ellos los destinatarios del mensaje, sino solamente los
primeros. Nace un nuevo pueblo.
- El segundo estadio de los Hch está caracterizado por la actividad de Pablo misionero y describe el pasaje
del pueblo a los pueblos (c.10). Los israelitas son los primeros destinatarios del Reino,
pero lo rechazan. Por tanto, los misioneros se distancian de ellos y se dirigen a los
paganos, hacia el occidente (cf. Hch 13,46). Es de notar que para Lucas el término los judíos asume el significado de
un grupo que se contrapone con actitud de rechazo a la comunidad cristiana.
- En el tercer estadio se trata de la predicación libre y no
impedida, que tiene como destinatarios a los paganos. El último versículo de Hch
constituye una conclusión abierta (28,31).
Entre el mensaje que debe ser anunciado y los apóstoles, Lucas
crea una profunda relación (cf. 1,1-4): los que desde el inicio han sido testigos
oculares y ministros de la palabra, ellos son los apóstoles. De esta manera el escrito de
Lucas adquiere solidez y credibilidad en cuanto a la doctrina. Lucas liga el nombre de apóstol a los Doce (6,13; Hch 1,26); Matías
debió ser uno que estuvo entre los que fueron testigos de Jesús terreno, no sólo en la
resurrección. La doctrina de los apóstoles, que garantiza la tradición de Jesús, tiene
para la Iglesia eficacia de unidad (cf. 2,42).
En manera correspondiente Lucas coloca a Pablo, pero no lo
inserta entre los Doce, sino que lo caracteriza como testimonio cualificado (22,15;
26,16). Mientras los Doce parecen estar ligados a Jerusalén (Hch 8,1.14; 15,2; 16,4),
Pablo lleva el testimonio hasta los confines de la tierra, pero depende de los Doce y
transmite la misma doctrina de los Doce. Pablo la hace de puente entre Jerusalén y los
gentiles.
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